Preguntas incómodas

La semana pasada escribí a unos amigos para ver si podíamos quedar. Estaban fuera de la ciudad, pero volverían a tiempo para tomar algo una vez pasada la canícula infernal que vivimos en los madriles. Cuando les escribí para concretar un poco más el plan, la respuesta fue heladora: “Lo vamos a tener que dejar para mañana. Hemos tenido un accidente. Afortunadamente nada de nada pero, insisto, tremendo”.

Pregunté por los niños, pues no sabía si habían viajado con ellos. Por fortuna, no. “No os preocupéis, todo en orden y con ganas de descansar, olvidar lo ocurrido y rezar por estar vivos. Gracias”, respondió.

¡Caray! Que es que a uno se le corta el café cuando vive de cerca situaciones como esta. O como la que sucedió no hace muchas semanas, cuando por cansancio, otro conocido se quedó dormido al volante un microsegundo. Milagrosamente se despertó a poca distancia del quitamiedos y pudo rectificar la trayectoria sin mayores consecuencias.

Estos sucedidos, que diría un castizo, han coincidido en el tiempo con un ‘asalto’ a la conciencia que he vivido recientemente.

“Si murieras pronto ¿cómo te gustaría que te recordaran?” La pregunta llegó como un misil al alma mientras escaneaba, frenético, noticias en algunos medios internacionales. El ‘misil’ estaba dirigido en concreto a los padres cuyos hijos aún son pequeños, pero sirve para todos. Incluso, le sobraba el “pronto”.

La muerte… esa presencia constante

Muchas cosas me han sucedido alrededor de la muerte en los últimos tiempos. He asistido a dos funerales y, alguien muy querido, ha pasado por el hospital tras un arrechucho de corazón.

En uno de esos funerales, al que asistí por casualidad, pues yo iba a misa ‘sin más’ y me encontré con las exequias de un finado al que no conocía, se habló con mucha serenidad, sin aspavientos dialécticos pero con grandeza del difunto.


«Sea usted creyente o no, en todo caso supongo que deseará que se le recuerde bien»

No soy partidario de los funerales “canonizantes” que pasan por alto los naturales fallos que cualquiera comete en la vida. Se ‘aseguran’ el paraíso del finado con vaguedades. Pero este que les narro fue realmente especial. Cuatro o cinco sacerdotes concelebraban y, aparte de glosar algunas de sus virtudes más reconocibles, llegaron a decir algunos de los sacerdotes que creían firmemente en que esa persona había alcanzado la santidad.

Sea usted creyente o no, en todo caso supongo que deseará que se le recuerde bien. Pero para eso hay que dejar una buena huella en las personas con las que compartimos la vida. Y no se trata de una tarea fácil, de manera principal por los propios fallos y debilidades que todos tenemos.

Pues traslado la cuestión al amable lector: ¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Habrá quien piense que esto es adelantar acontecimientos o pecar de tremendismo, pero nadie está libre de tener un accidente. Nadie.

Tampoco se trata de meter miedo, que bastantes sustos nos dan ya los bancos -ya no hablemos de los políticos-. Pero no es descabellado pararse a meditar sobre estas cuestiones de tanto en tanto, las vacaciones ofrecen espacios de calma para pensar… más allá.

Porque, de la misma manera que el inicio de la vida tiene lugar en un chispazo infinitesimal, la muerte puede producirse, de manera inesperada, en cualquier momento.

* Publicado en Woman Essentia

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