Al hijo que nunca veré

Querido hijo:

Te quiero. Aunque no he tenido la oportunidad de verte los ojillos risueños, ni de besarte los mofletones, ni de leerte un cuento, te quiero. Aunque no he oído tus llantos, ni tus risas, te quiero. A pesar de que nunca descubriré si hubieras sido arquitecto, escritor, ama de casa o violinista, te quiero.

Te quiero, porque fuiste una ilusión, a ratos un sueño, pero fuiste también, concreto. Tan concreto como amar a tu madre pensando en ti, como llorar de alegría al ver la rayita en el test, como un punto de tres milímetros en una ecografía en blanco y negro.

Te quiero, porque te quise, incluso mucho antes de saber que habías llegado al vientre de tu madre, que te acogió con la ternura y el amor que sólo una mujer sabe ofrecer y entregar a un hijo.

Te quiero y pienso en ti: no te olvido.

«Te quiero, aunque no sea posible ya verte crecido, responsable, piadoso y jovial»

Aunque hubiera deseado abrazarte tan fuerte todos los días mientras los años de rebeldía adolescente no llegaran. Te quiero, aunque nunca conoceré los huesos que te hubieras roto, los deportes que hubieras practicado y las lecturas con las que hubieras viajado y crecido por dentro y por fuera.

Te quiero, aunque no podré explicarte por qué sigo abriendo los ojos como platos cuando veo una viñeta de Tintín, cómo imagino el sabor de la poción de Panorámix, ni lo que me he fatigado caminando junto a Frodo.

Te quiero, aunque añore los besos que deseaba de tus labios en mis mejillas y verte dormidito en brazos de tu madre, tus primos, tus tías y abuelos. Te quiero, aunque no sea posible ya verte crecido, responsable, piadoso y jovial.

Te quiero, aunque no sea posible que hagamos cima en tantos lugares soñados desde los que contemplar la maravilla exuberante, grandiosa e inspiradora de la naturaleza creada. Aunque no cumplamos juntos con la vibrante tradición de bañarnos en el mar, pase lo que pase, siempre que haya ocasión.

Te quiero, aunque no vaya a tener la oportunidad luminosa de verte revolotear ilusionado ante el pesebre o de descubrirte con agradecimiento eterno arrodillado ante el sagrario como un adulto humilde y comprometido.

Te quiero, aunque no pueda sentir el orgullo de verte jurar bandera -bien de civil o como militar- y tener un burbujeante sentimiento patriótico que, lleno de sentido común, te llevara a servir y amar a España y su historia, y a sus pueblos hermanos, de América, de Asia, de África y de Europa.

«Tu venida al mundo, incluso sin llegar a nacer, ha transformado mis días como nunca soñé»

A pesar de que no podré conocer tus amoríos y cómo hubieras forjado el pacto leal con los amigos, esos hermanos que uno encuentra en la vida, te quiero.

A pesar de que no podré velar tus nervios de examen, ni explicarte esa lección que se atraganta, ni exigirte, cuando menos, o recompensarte el esfuerzo en tus deberes de cada día como hijo o estudiante, te quiero. Te quiero por encima de los desplantes, las rabietas y las incomprensiones que nunca viviremos. También por encima de los propios fallos que ya no cometeré contigo, de las exigencias mal planteadas, de las pérdidas de nervios y los gritos que nunca quisiera darte.

Te quiero también porque tu madre y tú habéis hecho realidad uno de mis sueños de siempre: me habéis hecho padre de manera generosa; e inmerecida por mi parte. De una manera misteriosa, compleja, sí. Un tanto dolorosa, pero también profunda. Por eso también te quiero. Porque tu venida al mundo, incluso sin llegar a nacer, ha transformado mis días como nunca soñé. Porque nunca pensé que el encargo de llevar a un hijo al cielo iba a ser cumplido por un camino al tiempo tan extraño y sublime.

Por eso también te quiero. Porque gracias a ti, si llegan tus otros hermanos y ven la luz del sol, podré decirles con alegría que tienen un hermano mayor en el cielo, que les precedió y les cuida. Un hermano mayor al que siempre pueden acudir para pedirle consejo, consuelo o paz. Un hermano al que yo, su padre, quiero, al que ya le rezo y le pido consejo, consuelo y paz.

Con el abrazo y los besos que sólo pueden darse de alma a alma, se despide tu padre que te ama…

Y hasta el cielo si Dios quiere.

* Publicado en Woman Essentia

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