6 actitudes para una vida abundante

En medio de la pandemia le di la vuelta al jamón. Literal. Mi hermana tuvo el detalle de regalarme uno por mis 40 primaveras. Hoy es algo así como alcanzar el ecuador de la vida. A partir de los 80 se vive con permiso del enterrador, dice mi padre con frecuencia.

En todo caso, es de interés considerar si uno ha aprovechado adecuadamente la primera mitad del pernil y si podría haber obtenido más provecho. También, con la mirada al frente y el paso corto, se puede aprovechar la experiencia acumulada para no desperdiciar la nueva etapa.

Me he tomado unos días para descansar y, ordenando ideas, he considerado seis actitudes para disfrutar de la vuelta del jamón. O dicho de otro modo, para construir una vida abundante y plena.

Honestidad

No es muy popular, pero hay que volver a los clásicos y recordar que la verdad existe y que es la que es lo diga Agamenón o su porquero. Luego est´á nuestra limitación y torpeza para acogerla en toda su amplitud y esplendor.

Pero la verdad nos hace libres. Y, contando con nuestra imperfección, entendemos que descubrirla es un proceso que incluye errores y vacilaciones. Por eso no puede faltar un ingrediente en este proceso: la honestidad.

«La actitud de asombro es esencial para no claudicar ante la oscuridad del mundo»

Esta cualidad nos permite no mentir, ni siquiera a nosotros mismos, en la medida en que explicamos la realidad tal como la conocemos y analizamos, sin ánimo de engañar. Y también nos permite ser comprensivos con quien no aborda la realidad como nosotros, siempre y cuando, sea, igualmente honesto.

Es esta actitud la que nos habilita, a la postre, para confrontar los puntos de vista y debatir. Si no, el diálogo se presenta estéril y ajado por las consignas.

Asombro

La vida es apasionante. Lo digo en el sentido literal que expresa la Real Academia en su diccionario: «Muy interesante, que capta mucho la atención». En cada instante y lugar hay algo emocionante y bello que sobrecoge, aún en las pruebas y el dolor. La actitud de asombro es esencial para no claudicar ante la oscuridad del mundo.

Pero para ello es necesario poner todos los sentidos a trabajar en la tarea de sorprenderse y disfrutar, como un niño, de cada detalle, cada mecanismo nuevo, cada caricia de color.

Puede uno deleitarse admirando la destreza del carnicero con los cuchillos o la perfecta sencillez de una flor; la capacidad de algunos para hacer reír a quienes les rodean o la habilidad de un tendero para colocar miles de objetos ordenados en su local.

El asombro está en la forma de mirar, oír, degustar, oler y tocar. Si uno quiere, es una tarea que nunca acaba que siempre satisface y es contagiosa.

Esperanza

Quien no espera nada de la vida, desespera, se angustia, pierde el ánimo y se deja llevar por la corriente. Quien no anhela un futuro mejor, por difíciles que sean las circunstancias, solo puede ir a peor.

A nadie se le oculta que las desgracias que suceden en el mundo no son pájaro de buen agüero. En efecto, no es difícil ser pesimista. Pero ¿quién dijo que fuera fácil? Por otro lado, cabe pensar que, sin esperanza, la raza humana, se habría extinguido mucho antes. Y sin embargo, perdura milenio tras milenio.

Sin esperanza, ¿para qué comer?; ¿qué sentido tiene formarse?; ¿no resulta absurdo el amor?; ¿quién adquirirá un compromiso?…

No podemos permitirnos ese lujo, más aún en una sociedad cada vez más individualista, cainita y descarnada. Esta falta de esperanza está en la raíz del desprecio por la vida humana en su inicio y final, el alto número de suicidios y otros muchos peligros que afligen a la humanidad.

La desesperanza es el fundido a negro que cierra una película en el primer fotograma.

Perdón

El perdón es el amor por encima del dolor, el rencor y el ego. No es mero olvido, sino bálsamo que cierra heridas. Es posible que el hecho que motiva el perdón tenga consecuencias y deje una cierta cicatriz a pesar del perdón, pero necesitamos una cierta ‘amnesia del alma’.

El perdón es el amor por encima del dolor, el rencor y el ego / Pixabay

A través del perdón podemos alcanzar una una visión misericordiosa sobre los demás, que dificulte desenfundar el Colt de enjuiciamiento rápido que todos llevamos al cinto.

Al mismo tiempo, aplicando misericordia respecto de otros, aprendemos a perdonarnos a nosotros mismos, algo muy necesario en especial en momentos de baja autoestima o dificultad.

«En ocasiones el valor tomará cuerpo de gallardía y arrojo frente a un riesgo físico o moral. En otras, lo valiente será callar y escuchar»

Valor

El miedo es un compañero de cordada extraño, huraño, que se esconde y se presenta cuando menos lo esperas. Es como un enemigo al acecho, que puede asaltarnos tras la siguiente curva del camino. En general, conocemos cuáles son las situaciones que nos producen esa sensación de cierta angustia y paralización. Aunque no siempre.

Hemos de encontrar en nosotros o fuera de nosotros el valor que, aunque no elimina el miedo, las dudas o la incertidumbre, constituye el modo de superarlos.

En ocasiones el valor tomará cuerpo de gallardía y arrojo frente a un riesgo físico o moral. En otras, lo valiente será callar y escuchar, para saber encajar una crítica o un comentario doloroso, pero bienintencionado.

Es actitud, determinación y confianza. Y precioso cuando es consecuencia del olvido de uno mismo, cuando se enfrenta a algún miedo, no en beneficio propio, sino por el bien de un tercero.

«La gratitud es uno de los potenciadores del sabor tan específicamente humano que es la relación con los demás»

Gratitud

Ser desagradecido es una de las mayores pobrezas del hombre. Quien no es capaz de reconocer el favor o la virtud se empequeñece y arruga en el centro de su ser, de tal forma que no es capaz de crecer. Peor. Se pliega y repliega sobre sí mismo.

La autosuficiencia limita y achica todo el alcance del ser relacional que somos. Porque nada somos sin los demás. Antes de nacer, incluso. Y la gratitud es uno de los potenciadores del sabor tan específicamente humano que es la relación con los demás.

Resulta conveniente señalar que aquellas circunstancias de nuestra vida que damos por hechas -empezando por el mismo hecho de haber sido creados- son a menudo las que menos recordamos agradecer.

La gratitud, más allá de ser agradable para el prójimo, produce abundantes frutos en uno mismo: humildad, sencillez, felicidad, paz…

La gratitud no es obligatoria, pero por eso multiplica su valor cuando se ejerce. El refranero lo certifica: de bien nacido es ser agradecido.

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Lo que va de Rocío Carrasco al tío de Spiderman

Mucho se ha comentado en las últimas semanas la última aparición televisiva de Rocío Carrasco Mohedano en la que, por capítulos y previo pago de una cantidad no despreciable, más en tiempos de crisis, abre en canal su vida para comentario y regocijo de destripadores catódicos profesionales y contaminación moral del público en general.

La hija de ese chorro de voz que fue Rocío Jurado y el púgil Pedro Carrasco ha encontrado eco de sus palabras -incluidas graves acusaciones- no sólo en las siete pistas del circo habitual del cotilleo pandémico patrio, sino también en el desgobierno de España. Nada menos que una ministra del Reino (por pocos méritos y capacidades que la adornen, el cargo es el cargo) ha sentenciado: ”El testimonio de Rocío Carrasco es el de una víctima de violencia de género”.

Ahí es nada. Sentencia extrajudicial desde el Ejecutivo voceada en la plaza pública cibernética.

Nada tengo yo con Antonio David Flores. Tan sólo he coincidido con él y charlado cinco minutos en una ocasión y ya me parece mucho según la ley de la probabilidad. Pero según han publicado algunos medios a rebufo del asunto, no sólo no ha sido condenado por violencia de ningún tipo contra su exmujer, sino que los tribunales han archivado o sobreseído tal pretensión en varias ocasiones.

Cuento esto porque después de décadas -sí, ya décadas- con un discurso continuado sobre el “empoderamiento” de la mujer, con miles de millones invertidos en la cuestión desde la concejalía más pequeña a la Asamblea de las Naciones Unidas tal vez haya llegado el tiempo de hablar también de responsabilidad.

La ideología de género ha inspirado -envenenado más bien- no sólo el discurso público, sino las conciencias y las leyes con el objetivo de fomentar un enfrentamiento entre hombres y mujeres que sea germen de la destrucción familiar que lleve al aislamiento de la persona en la sociedad y hacerla más fácilmente manipulable. Abundar en esto nos llevaría muy lejos ahora.

Pero sí subrayo el asunto legal al objeto de lo que veníamos comentando. La mujer ha sido dotada de un surtido de mecanismos administrativos y legales con una potencia destructora hacia al varón a la que supongo que es muy difícil resistirse en un momento de especial vulnerabilidad.

Hoy es posible encerrar a un varón el fin de semana en el calabozo con una sola llamada de teléfono y es muy sencillo apartarle de sus hijos con la mera denuncia de unos malos tratos que no ha sustanciado un juez mediante sentencia firme. No son pocos los varones que aceptan, a pesar de todo, sentencias culposas de conformidad inferiores a dos años para no pasar por la cárcel, renunciando a defenderse de las acusaciones que entienden infundadas para poder ver a sus hijos. He tenido acceso a decenas de casos en este sentido.

Aclaro, porque en este tiempo es necesario hacerlo, que mi desprecio hacia el maltrato o la desconsideración de cualquier forma de un varón a una mujer es absoluto. Y subrayo igualmente, porque en este tiempo es aún más necesario hacerlo, mi repulsa hacia el maltrato o desconsideración de cualquier forma de una mujer hacia un varón. Y de cualquiera de ellos hacia sus padres o sus hijos.

Y hecho el inciso, prosigo por donde venía. Vosotras, mujeres, tenéis hoy por hoy la posibilidad de arruinar la honra y la hacienda de cualquier varón con una simple llamada de teléfono, sin apenas consecuencias -casi nunca- si lo que se dice en tal comunicación no se ajustara con suficiencia a la verdad.

Por eso, en el tiempo del empoderamiento de la mujer -un sintagma que hace implosionar mis meninges, pero es lo que hay- quiero hacer un llamamiento a la responsabilidad de las mujeres en este campo.  administrativas, jurídicas, familiares, económicas y sociales de un calado inmenso. Y ya sabemos lo que pasa con las olas gigantes provocadas por maremotos: que lo arrasan todo, incluidas vosotras.

No os olvidéis de las sabias palabras del tío de Spiderman: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

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Infertilidad: médicos derrotados, médicos esperanzados

En España, cerca de un millón de parejas padece algún problema relacionado con la infertilidad. Y un buen número de ellas, alrededor del 17% acaban recurriendo a técnicas de reproducción artificial, de tal forma que se realizan cada año unos 150.000 ciclos de fecundación in vitro y unas 35.000 inseminaciones artificiales. 

Si se tiene en cuenta que entre un 75 y un 80 por ciento de estos programas se realizan en el circuito privado, no es muy difícil imaginar que hay un gran negocio.

Según la quinta revisión del informe elaborado por DBK sobre el sector publicado el pasado mes de marzo, la facturación de los más de 280 centros privados dedicados a este negocio en España no ha dejado de crecer en los últimos años, alcanzando los 480 millones de euros anuales en 2019, más de un 25% superior a la cifra de hace cinco años. El montante de estos tratamientos asciende a unos 632 millones de euros, si se incluyen los programas de reproducción artificial realizados en la sanidad pública. 

En este negocio se factura, obvio, por inseminaciones artificiales y por procedimientos de fecundación in vitro, entre otros procesos. Pero también por la congelación de óvulos con vistas a ser implantados años más tarde, o -lo leo atónito en un diario- “la maduración del óvulo en laboratorio para mejorar el confort de la madre” (sic). 

Fracasados, sí. ¿Cómo si no se puede calificar a los médicos que, en vez de tratar de curar las causas de la infertilidad, las obvian y sólo ofrecen a los pacientes otros caminos que además pueden perjudicar aún más su salud? 

Estas técnicas conllevan un sinfín de objeciones médico-éticas en las que no entraremos en esta ocasión, muy relacionadas, por una parte, con la agresividad e impacto de sus procedimientos en la salud femenina y, por otra, por la manipulación de los embriones que, por pequeños que sean, no dejan de constituir desde su origen un ser humano único, irrepetible, con toda su carga genética y, aún más importante, su dignidad. 

Pero también cabe cuestionarse sus bajísimos resultados si entendemos como “éxito”, sin entrar en otras consideraciones en las que merecería la pena detenerse, la consecución de un embarazo a término de un bebé sano. Porque las tasas en este sentido de la reproducción artificial son realmente desalentadoras. 

Médicos derrotados

No sé si han advertido que evito utilizar el término “tratamiento” al hablar de estas técnicas, por que en realidad no lo son. Los ginecólogos, obstetras y demás personas involucradas en este lucrativo negocio son médicos y profesionales (malos profesionales, a mi juicio) fracasados. 

Fracasados, sí. ¿Cómo si no se puede calificar a los médicos que, en vez de tratar de curar las causas de la infertilidad, las obvian y sólo ofrecen a los pacientes otros caminos que además pueden perjudicar aún más su salud? 

Son, valga la comparación, mecánicos a los que uno llega con su coche renqueante y, en vez de abrir el capó y observar lo que falla, detectar la avería y tratar de reparar el vehículo, dijeran sin levantarse de la silla: “Como estás deseando llegar a la meta, dame un pastón por esta burra y ya veremos si llegas y en qué condiciones, pero paso de revisar el motor”. 

Tengo claro que, en el mejor de los casos y siendo bien pensado, se trata de ginecólogos con moral de derrota, sin intención de curar, que ignoran el principio básico médico de no dañar y se lanzan -y arrojan de igual manera a sus pacientes- por el camino de un encarnecimiento que, a la postre, supone una grave violación de la dignidad humana. Principalmente, como parece claro, del niño, a quien se trata como un producto al que tienen ‘derecho’ a toda costa unos adultos. 

Médicos esperanzados

Por fortuna, no todos los médicos especializados en ginecología y obstetricia se enfrentan a los problemas de salud reproductiva de sus pacientes de la misma manera. Muchos han dedicado sus vidas a tratar de curar, con respeto a la dignidad de la vida humana y su integridad, esos problemas para lograr el nacimiento de un hijo. Pero tal vez ha llegado la hora en España en que la medicina al servicio de la reproducción humana dé un vuelco. 

La Naprotecnología, recientemente llegada a nuestro país y desarrollada hace décadas en los Estados Unidos, es una especialidad médica que se basa en el diagnóstico y tratamiento de las causas de la infertilidad de la mujer y el hombre, en colaboración con ambos y nunca sustituyendo la fertilidad natural. 

Aunque lograr un nacimiento vivo con Naproteconología puede llevar más tiempo, tiene una mayor probabilidad de ocurrir”

Basado en una observación sistemática y evaluable del moco cervical, también trata de forma integral al varón y, en el caso de detectar enfermedades que otros ya no saben abordar sin recurrir a la fecundación artificial, cuenta con métodos quirúrgicos avanzados que permiten restaurar o al menos mejorar de forma notable la fertilidad, en caso de que sea posible. 

Pero, ante todo, se trata de un programa integral de acompañamiento a la mujer y el hombre que esperan recibir un hijo mediante el mejoramiento general de su salud, no sólo de la parte sexual y reproductiva, teniendo en cuenta aspectos como, por ejemplo, la alimentación. 

Y ahora viene la pregunta del millón… ¿Cuál es la efectividad de la Naprotecnolgía? Según un estudio publicado en 2013 por el  Journal of Ethics de la Asociación americana de Medicina, “el número de mujeres que finalmente logran un embarazo con Naprotecnología es más alto que el número de embarazadas con técnicas de reproducción asistida. Por lo tanto, aunque lograr un nacimiento vivo con Naproteconología puede llevar más tiempo, tiene una mayor probabilidad de ocurrir”.

Según otro estudio publicado en 2008 sobre la aplicación de esta tecnología natural en Irlanda, “la proporción acumulada de nacidos vivos para aquellos que completaron hasta 24 meses de tratamiento fue de 52,8 %”. 

Pero aún hay más. La Naprotecnología tiene resultados muy significativos en el caso de afecciones comunes como la endometriosis, el síndrome de ovario poliquístico o el síndrome premenstrual. 

Uno de sus especialistas, el doctor Christopher Strout, ha señalado en una conferencia impartida en 2015, los impresionantes resultados en estos y otros casos:

En caso de endometriosis: 56-76% de nacimiento de un bebé, frente al 21% de la reproducción asistida o la ginecología tradicional. En caso de síndrome de ovario poliquístico, un éxito entre el 62,5% y el 80% frente al 25,6%. Si se diagnostica síndrome premenstrual, la Naprotecnología logra un 95,2% de tasa de éxito frente al 43%. 

Al tiempo, esta técnica reduce la posibilidad de partos prematuros al 8,3% frente a un 16,9% y los abortos de repetición en un 79%. 

Ya sea por su respeto integral de la dignidad del ser humano; por su vocación médica de diagnosticar, tratar y curar siempre que sea posible y mejorar la salud general de las personas; o por sus éxitos a la hora de lograr resolver la situación de infertilidad, la Naprotecnología es un caballo ganador, que antes o después irá convenciendo a cada vez más pacientes

Su único talón de Aquiles -pero al tiempo su mayor fortaleza- es que va a contracorriente en lo cultural  y supone un testigo incómodo de que la poderosa industria de la fecundación artificial no es sino un suculento negocio que se aprovecha de los problemas de fertilidad para hacer caja sin pararse en otras consideraciones. Y no va a dejarse ganar terreno sin enseñar los dientes.

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La pregunta inevitable

Llevas días preparando el viaje, has encajado las maletas con calzador, llevas la lista de lo que hace falta, has previsto un lugar con espacio para los niños donde parar en mitad del camino, llevas a mano agua, galletas, pastillas para el mareo, pan, fuet, pañuelos y toallitas… Todos subidos al coche, y apenas has logrado salir del centro de la ciudad y llevas 15 minutos en el extrarradio cuando se oye una vocecilla con la pregunta inevitable: “¿Cuánto queda?”.

Tal vez ha pasado más tiempo desde la última vez que soltaste la preguntita -para desesperación de tus padres- que desde la última ocasión en la que has tenido que responderla con cualquier banalidad y un grado de enfado o desesperación variable en función de las horas que llevas al volante.

Pero, más allá de la anécdota, la pregunta inevitable del niño en el viaje debería visitarnos más a menudo para ayudarnos a reflexionar y tomar decisiones sobre nuestra vida.

¿Cuánto queda para que cumpla de una u otra manera ese sueño que siempre he tenido? ¿Cuánto queda para poner empeño y esfuerzo en lograrlo? Sí, ya sé que hay sueños que, por múltiples circunstancias, no se podrán cumplir… al menos no como los soñamos, pero podemos aproximarnos.

Por ejemplo, si aspiramos a conocer algún lugar fuera de nuestro alcance, podemos viajar reservando tiempo para leer una buena novela cuya acción se sitúe allí o leyendo sobre los monumentos del país y las costumbres de sus gentes en alguna guía ilustrada.

También podemos preguntarnos por cuánto queda para hacer un plan de vida que valore y jerarquice, señale caminos y metas o plantee plazos para lograr objetivos. Definir prioridades en la vida es esencial. Quien sabe dónde va no está a merced de los vientos del azar, sino que encara las dificultades, aprende de ellas, se sobrepone y continúa.

Y ¿cuánto queda para luchar contra ese vicio, esa manía, ese canchal existencial por el que nos deslizamos continuamente con grave peligro de hacernos daño y de hacérselo a los demás, en especial a los más cercanos y queridos?

«La pregunta inevitable en realidad puede ser sólo una: ¿Cuánto queda de vida? O, con mayor precisión: ¿Cuánto me queda de vida?«

Visto desde el otro lado de la moneda: ¿Cuánto queda para lograr por fin ser puntual o no irritarnos con esa respuesta suficiente y desairada de una hija adolescente? ¿Cuánto queda para reconocer las debilidades y contrarrestarlas adquiriendo una virtud?

Seguimos. ¿Cuánto queda para retejer esa amistad rota por nimiedades, recuperar el trato con un familiar o fortalecer el compañerismo en nuestro entorno laboral o social?

¿Cuánto queda -nos podemos preguntar- para pedir perdón? ¿Cuánto tiempo más estamos dispuestos a dejar pasar sin reconocer que lo hicimos mal, que herimos, insultamos, fuimos impacientes, nos exasperamos sin motivo, fuimos intransigentes, nos creímos superiores…?

Al tiempo… ¿cuánto queda para que sepamos reconocer el mérito de los otros, su esfuerzo, su entrega o su ayuda? ¿Cuánto queda para que nos cubramos de humildad para agradecer los trabajos más callados, sencillos y humildes que nos hacen la vida más fácil? ¿Cuánto queda para decir, sinceramente: “gracias, mamá”, “gracias, papá”?

La pregunta inevitable, aunque se exprese de múltiples maneras, en realidad puede ser sólo una: ¿Cuánto queda de vida? O, con mayor precisión: ¿Cuánto me queda de vida?

Y no por obtener el dato exacto que, dicho sea de paso, nadie puede conocer con antelación (no al menos nadie que no contemple el suicidio ya sea solitario o asistido, como plantean las leyes de eutanasia).

La pregunta que subyace es: ¿Y qué voy a hacer con mi vida, dure lo que dure? Si mañana muero, ¿qué he de hacer hoy para irme feliz, satisfecho, completo a dormir? Si mañana muero ¿dejo pendiente pedir perdón o dar gracias? Si mañana muero ¿puedo decir hoy que amé todo lo que puede?

Es evidente que preguntarse es agotador. Al menos tanto como tramposo y traicionero es no hacerse estas preguntas, al menos de tanto en cuento. Y sale carísimo no responder con sinceridad.

Por eso tal vez ahora sea el momento: ¿Cuánto queda para preguntarnos, con todas las consecuencias, “cuánto queda”?

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Soy humilde porque yo lo valgo

Porque yo lo valgo. Soy vital, independiente y profesional. Decides quién eres, cómo vestir y qué decir. No te paras en el qué dirán. Eres el dueño de tu destino. ¡Que nadie te pare! Tienes todo para ser lo que quieras. Y al que no le guste que no mire. Y, sobre todo, tienes derecho a todo, porque cualquier cosa que sientas, es ley.

Esta es una de las formulaciones más comunes en nuestros días de la gran falacia de la soberbia que nos lleva al abismo. Vivimos en una sociedad juanpalomizante llena de  trastornados obsesivo-compulsivos por la autorreferencia pictórica instagramera y gorgojeadora en 140 caracteres. Todo queda supeditado a lo que quiero, cuando quiero, como quiero, con o contra quien yo quiera. Porque yo lo valgo. 

A esta sociedad adolescente algún adulto capaz debería decirle que ya está bien de tonterías, egoísmo y banalidad. En otros tiempos, cualquier ser medianamente civilizado le habría recetado -y administrado en el mismo acto- un necesario soplamocos de esos que hacen que no se te olvide así cumplas más años que los bisontes de Altamira. 

Ojalá sea esta peste que padecemos (al menos, que sirva para algo más que para sembrar muerte y discordia) el bofetón que con tanta urgencia necesita esta sociedad eternamente púber, pagada de sí misma y llena de autocomplacencia. Lo digo al modo de un padre indignado con el hijo adolescente, sabiendo que si el hijo es así, no es culpa suya, o no sólo, sino que buena parte de la culpa es del progenitor. 

«Quien practica la humildad es consciente de su condición, de su dignidad intrínseca, de su valor como ser humano y, precisamente por eso, no necesita del aplauso«

Durante años hemos condenado en un agujero adosado a la celda de Edmundo Dantés en la Isla de If, virtudes y valores que hoy parecen ocultos y hasta proscritos. La verdad, la libertad, el sacrificio entre tantos otros. Y por supuesto, la humildad, que es una virtud tan mal entendida como despreciada en nuestros tiempos.

Lejos de ser una especie de falta de autoestima, de un abajamiento moral indeseable, la actitud humilde denota en su poseedor completamente lo contrario. Quien practica la humildad es consciente de su condición, de su dignidad intrínseca, de su valor como ser humano y, precisamente por eso, no necesita del aplauso, el reconocimiento, la adulación y el éxito perpetuo. 

Para quien se sabe digno por naturaleza, todo lo demás le sobra. Sobran los reconocimientos aunque se tenga éxito y la recompensa sea bien merecida. 

Ya, ya se sabe que a nadie le amarga un dulce: una caricia, unas palabras de ánimo, una promoción profesional, un abrazo. La diferencia está en cómo se recibe. Si en modo adolescente imposible que sólo ve derechos por todas partes sin obligaciones o con la normalidad de quien sonríe al recibirlo consciente de que su actuar y su autopercepción no dependen del elogio externo. 

«Niégate a ti mismo, rompe el molde. No tengas miedo a ser rebelde de verdad. Deja una huella profunda y discreta que se encuentra en los actos delicados y audaces. Sé humilde«

Sólo desde esta posición es posible entender vidas ejemplares de personas que se niegan a sí mismas y a los falsos derechos irrenunciables que nos vende la sociedad actual. Sólo desde la negación de uno mismo, entendida como la entrega a los demás sin condiciones, es posible construir una sociedad madura e ilusionada, sensata, responsable de sí y de su entorno, paciente ante las dificultades y esperanzada en el futuro.

Niégate a ti mismo, rompe el molde. No tengas miedo a ser rebelde de verdad. Deja una huella profunda y discreta que se encuentra en los actos delicados y audaces. Sé humilde. 

Y empieza por lo sencillo. Haz la cama a diario sin quejarte. Prepara la noche antes el desayuno para tu familia. Vacía el fregaplatos sin quejarte. Resuelve ese asunto que tanto se le atraganta a tu compañero de clase o del trabajo. Pasa por alto eso que te saca de quicio de tu cuñado. Muérdete la lengua si es preciso para evitar un escape de ponzoña interior, que de todo tenemos. Cede el paso. Compra flores. Simplemente, sonríe. Pon tu mejor cara en el plan que no te apetece, sin que se note. Reconoce tus errores con sinceridad y ponles remedio o repáralos en la medida en que se pueda. Agradece el mérito ajeno…

Tú ya sabes lo que vales como ser humano. No depende de los reenvíos y aprobaciones en las redes, ni de tus ‘éxitos amorosos’ (a cualquier cosa se le llama éxito y amor, valga el apunte) de fin de semana. Ni siquiera de tus notas, ni del éxito profesional. Tampoco del reconocimiento en casa o entre amigos. 

Por eso la humildad sólo es posible desde un conocimiento profundo del valor intrínseco del ser humano. Quien se sabe amado de manera incondicional, más allá de los errores, los desplantes y las limitaciones tiene mucho ganado para actuar con humildad en medio de la frivolidad imperante que confunde el valor del ser humano con el precio de su éxito social.

Sólo así es posible decir, con sentido verdadero: “Soy humilde, porque yo lo valgo”.

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Descanso para un trabajo esencial

Estos meses han sido convulsos para todos. Mucho más para quienes han tenido la desgracia de verse afectados de forma directísima por la enfermedad producida por un coronavirus que ha viajado de Oriente a Occidente en una particular Operación Barabarroja de sentido contrario y mayor eficacia que la diseñada por Hitler para invadir la Unión Soviética. 

El saldo en vidas humanas es terrible. Más que en ningún sitio -por lo que parece- en nuestro país, si atendemos al número víctimas en relación a nuestra población, cada vez más menguante y envejecida, todo sea dicho de paso. 

El personal sanitario está exhausto física y emocionalmente, muchos con vacaciones obligatorias en estos días, en previsión de que se reproduzca el tsunami y necesitemos de nuevo de nuestros mejores socorristas. 

Los profesores han tenido que multiplicarse y reinventarse para intentar una hazaña imposible. Las consecuencias las veremos a medio plazo, cuando las deficiencias en la instrucción de los más pequeños hagan necesario apretar el paso en los años posteriores. Quién sabe si algún pupilo no ha quedado tocado ya para siempre en lo académico. 

«Este siglo no empieza mejor que el anterior y ni siquiera nos van a aliviar unos felices años 20»

A eso hay que añadirle las consecuencias psicológicas. El otro día, mientras disfrutaba con mi mujer de una agradable cena a orillas del Cantábrico con un matrimonio amigo, nos comentaban que su hijo mayor -que aún no ha cumplido la decena- ha estado depresivo. Dijo: “Papá, estoy triste”. Y se les abrían las carnes, como es natural. El trabajo en este campo va a ser ingente, nos había ratificado hace semanas otra amiga psicóloga, especialista en menores. 

Todo esto es agotador, ¿verdad? 

Pues no hemos concluido el repaso. Porque es necesario decir que la vida política también nos desgasta a todos. Los unos por los otros, la casa sin barrer. Las culpas, por supuesto, por su orden, cada quien en su parcela y de forma proporcional a su posición, representación, acciones u omisiones. El hartazgo es abrumador. 

Mucho más cuando, económicamente, ya se ha puesto en marcha el mecanismo apisonador de la crisis. Este siglo no empieza mejor que el anterior y ni siquiera nos van a aliviar unos felices años 20. El crack está al caer a nivel global, pero a nivel local ya se ha resquebrajado la economía de millones de españoles. La crisis de 2008 de la que tanto nos costó salir nos va a parecer una broma en comparación. Ya lo dicen los pesimistas: siempre se puede ir a peor. 

«Tal vez la falta de certeza es una de las mayores tragedias del hombre de nuestro tiempo»

Miles de parejas que andaban ilusionadas por comenzar una nueva vida como matrimonio en estos meses han visto truncadas algunas de sus aspiraciones y comienzan su caminar con una incertidumbre que arrastra el espíritu como la plomada el sedal.

Tal vez la falta de certeza es una de las mayores tragedias del hombre de nuestro tiempo. Lleva tantos años repitiendo que todo vale, que da igual 8 que 80, que tiene igual valor cualquier opinión, que todo es tolerable menos lo que unos pocos tildan de intolerable, que sin las necesarias referencias se hace imposible avanzar. 

«Los anclajes elementales son necesarios para construir una vida que responda a la dignidad fundamental del ser humano»

Yo suspendí de manera contumaz la Física en el colegio, pero creo recordar que sin rozamiento es imposible el movimiento de una bola sobre un plano. De la misma manera, el hombre de nuestro tiempo se encuentra ayuno de referencias, de crampones filosóficos que le ayuden a caminar confiado sobre los hielos de la vacilación y el riesgo de descalabro personal y social ante las dificultades complejas que vivimos.

Aunque todas ellas no existieran -crisis sanitaria, económica, política, familiar, demográfica, religiosa…- los anclajes elementales son necesarios para construir una vida que responda a la dignidad fundamental del ser humano. 

Pero para identificarlos, explorarlos, entenderlos y asumirlos hace falta trabajo en un cierto ambiente de tranquilidad. Este tiempo de vacaciones (para quien pueda disfrutarlas) es propicio y venturoso y puede estar lleno de esperanza a pesar de las tormentas que hoy dominan el paisaje. Eso, si son aprovechadas para el descanso que permite trabajar en lo esencial. 

Hay que reconocer que el descanso es necesario. Incluso el descanso eterno.

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Lo esencial de lo circunstancial

Hace unos años que un grupo de amigos decidimos constituir de forma totalmente informal un modesto grupo de lectura (llamarlo club me parece pretencioso). Lo bautizamos  ‘La taberna errante’  en honor al escritor inglés Gilberth Keith Chesterton. No puedo decir que en honor a la novela homónima del autor, pues nunca nadie la propuso para su lectura. Tal vez sea una forma de humorada sarcástica que tanto gustaba al apologeta británico. Esta ronda la debemos.

La manera de proceder es bastante desordenada, incluso anárquica; tal vez eso sea parte de su éxito. Como ustedes se pueden figurar, se propone un texto, se da un plazo para leerlo y se concierta una reunión amistosa para comentarlo. Por supuesto, siempre en torno a una mesa en la que no puede faltar el vino y la amistad.

El hecho es que en la última ocasión mi mujer propuso leer ‘Retorno a Brideshead’, de Evelyn Waugh. No les haré partícipes del comentario que hicimos, pues tendrían que ser revestidos de la dignidad de tabernero errante. Pero, bromas aparte, sí quisiera abordar algo que sucedió mientras lo leía.

A mi juicio, para poder aprovechar en toda su profundidad ‘Retorno a Brideshead’, es necesario el conocimiento previo de algunas nociones históricas y de ambiente que, aunque están presentes en la novela, conviene subrayar con antelación. Si no, se corre el riesgo de que se nos escape su esencia como agua entre los dedos. El hecho es que disfruté su lectura, pero no alcancé su esencia o al menos no me impactó como se suponía que debía hacerlo.

Este episodio me llevó a pensar en la relación entre lo circunstancial y lo esencial.

«Nuestra corporeidad tiene implicaciones psicológicas, afectivas, físicas que afectan a nuestra esencia»

Recordé los análisis sintácticos del colegio, en los que lo fundamental eran el sujeto y el verbo, mientras que los complementos circunstanciales parecían como de segunda. Sin embargo, su presencia no sólo complicaba el análisis, sino que además podía modificar de una forma muy marcada el significado de la frase.

Y es que lo circunstancial ayuda a comprender y lo esencial. En ocasiones, incluso, no sólo lo matiza sino que, de alguna forma, lo configura y lo determina.

Trato de explicarme mejor. Mi suegro ha escrito un texto dirigido a sus hijas. No son unas cuartillitas escritas aprovechando unas tardes de verano. Son mucho más. Se trata de la descripción de las circunstancias en las que se configuró su familia, que en buena parte explican el carácter de sus miembros, sus relaciones, su forma de proceder… Es decir, tiene por objetivo transmitir, a través de las características de un tiempo y un lugar, un conocimiento más profundo de la familia a la que pertenecen.

Esta lectura también me está resultando muy provechosa porque me hace entender mejor la esencia y el por qué de una familia ajena hasta hace poco que hoy es la mía. Y así, uno se dispone mejor para descubrir qué papel le toca jugar ante esa nueva realidad que le interpela primero a través de los sentidos externos y, gracias a Dios, después desde los sentidos internos que moran en el corazón y en la mente. Dicho de manera más exacta, en el alma. Y lo que ahí se ubica ya no se puede llamar ajeno.

Haré un tercer intento, por si aún no me he explicado. En ocasiones lo circunstancial se revela como mucho más relevante.

Resulta que hombres y mujeres tenemos una configuración corporal diferente. Se podría decir -muchos lo dicen hoy- que lo dispuesto por la biología es meramente circunstancial. Sin embargo, es profundamente significativo respecto de nuestra esencia como hombres y mujeres. Nuestra corporeidad tiene implicaciones psicológicas, afectivas, físicas que afectan a nuestra esencia, de tal manera que somos hombres o mujeres por razón de nuestros atributos sexuales, definidos por los cromosomas.

Andaba yo dando vueltas a estas cuestiones cuando caí en la cuenta de que, como era de esperar, no he descubierto la rueda, pues ya dijo don Miguel de Unamuno aquello de “cada uno con su cadaunada” y Ortega y Gasset que “yo soy yo y mi circunstancia». Pero han sido las circunstancias las que me han hecho llegar a la esencia de este pensamiento. Qué quieren que les diga…

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El diablo se viste de Prada… o de pollo asado

Aunque el argumento de la película ‘El diablo se viste de Prada’  protagonizada por Meryl Streep no tiene que ver de manera estricta con lo que quisiera plantear en estas líneas, no es menos cierto que la sonoridad de su título se ha quedado en nuestro vocabulario, a modo de nuevo refrán que hace referencia al hecho de que la maldad puede esconderse tras una apariencia bella o glamurosa. De alguna manera, todos tenemos la experiencia de habernos encontrado con esta realidad que hemos descrito tantas veces con la expresión “no es oro todo lo que reluce” o alguna similar.

Pero, como digo, no es exactamente a lo que me quiero referir. Y ustedes dirán, con razón:  ¿Qué pinta un pollo asado en todo esto? Pues sencillamente que la tentación de caer en nuestros defectos más habituales, la ocasión de cometer un error, enzarzarse en una discusión estéril o crear un momento de absurda contrariedad en la vida familiar está agazapada en cualquier lugar.

Se lo digo yo por experiencia, compartida como es natural con mi mujer. Dejemos sentado por delante que a ambos nos encanta el pollo asado. Para mí es un manjar superior incluso a elaboraciones y materias primas consideradas dignas de gourmets y de ser espolvoreadas por micras sobre la creación de un chef de renombre debido a su alto precio. Mi mujer lo disfruta tanto o más que yo. Y de ahí el problema.

No. No se trata de quién se queda con el muslo o la pechuga, sino de cómo se elabora. “¿Ha dicho asado? Pues en el horno, hasta que se haga”. Una respuesta tan aparentemente evidente (aunque en absoluto lo sea) derivó el otro día en un desencuentro absurdo, que por supuesto no llegó a mayores, pero que nos permite abordar, ahora sí, la cuestión mollar que traigo en mente desde entonces.

Probablemente los efectos del confinamiento han aumentado las posibilidades de que este tipo de episodios sucedan, pero creo que también “en tiempos de paz” puede suceder que el diablo -las incomprensiones, los malentendidos, las interpretaciones, las perezas…- esté al acecho en un pollo asado, la forma en que doblas los calzoncillos o en un comentario insustancial que es mal recibido por un tercero.

«Más vale prevenir que curar, porque ya sea por un pollo asado o cualquier otra nimiedad, se puede desatar un incendio cuyas consecuencias no se corresponden con la minucia de la chispa que prendió la llama»

No quisiera dar a entender la idea de que en la vida marital hay que estar con cien mil ojos como un marine en la selva tropical vietnamita, siempre alerta, en tensión, a la espera de la emboscada. De hecho, sería un grave error convertir nuestra vida en una permanente situación de emboscada.

Pero más vale prevenir que curar, porque ya sea por un pollo asado o cualquier otra nimiedad, se puede desatar un incendio cuyas consecuencias no se corresponden con la minucia de la chispa que prendió la llama.

Una de las vías que a mi entender son muy efectivas para atajar ese tipo de situaciones endiabladas es no permitir nunca jamás la más mínima falta de respeto. Porque en el caso de vernos sorprendidos por alguna de estas trampas cotidianas, hay que aplicar aquello de “ante todo, mucha calma”. Y esto es imposible si el intercambio de pareceres sobre la situación está plagado de desplantes, malas palabras, gestos airados o cualquier forma de desprecio o desdén, por mínima que sea, hacia el otro.

Hay que desterrar siempre y en todo caso los insultos y toda clase de ofensas, así como dar por sentado lo que el otro siente, opina o ha pretendido. Habrán oído hablar de la utilidad de la asertividad en la comunicación para mejorar las relaciones personales. De acuerdo. Es un buen recurso. Pero no es suficiente.

Cuando las situaciones complicadas se abordan desde la premisa ineludible de que el otro tiene igual dignidad que yo y, por tanto, le debo el trato que desearía para mí, hay muchas más posibilidades de reconducir el enfado, la frustración, los sentimientos encontrados o las incomprensiones hacia el buen puerto de la reconciliación.

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Miedo a la libertad

Creo que a estas alturas no es necesario gastar demasiadas líneas en describir la situación que atravesamos. Baste decir que hay una amenaza grave, la pandemia de coronavirus, que con toda seguridad podría haber sido mejor gestionada en nuestro país. De tal forma que, a falta de prevención inicial, test masivos y suministro de material de protección, se impone un estado de alarma pese a que nadie conoce a los expertos sobre cuyas opiniones el Gobierno dice tomar sus decisiones. Éstas, por otra parte, no son consensuadas, ni siquiera consultadas, con los grupos afectados (familias, empresarios, autónomos, educadores…) ni con los representantes públicos, cuyos votos son necesarios para mantener el estado de alarma. Trágala, que por aquí se va a Madrid… o a Galapagar.

Sin embargo, lo crucial en todo esto es que la situación está siendo aprovechada para avanzar en una agenda liberticida que nos interpela como sociedad y como ciudadanos. El debate es tan antiguo como el hilo negro: ¿Libertad o seguridad? ¿Qué apreciamos más? ¿Estamos dispuestos a perder algo por más libertad o por más seguridad? ¿De dónde emanan ambos bienes? ¿Podemos procurárnoslos de forma individual?

Confieso que yo andaba ofuscado en el primer párrafo sin haber llegado al segundo y que gracias a mi mujer (una vez más ella, con esa mezcla de pensamiento lógico e intuición que tanto admiro) he llegado a poner proa con más sentido en esta difícil singladura.

«Corremos el riesgo de infantilizarnos como sociedad, de dejar que decidan por nosotros sin el mínimo cuestionamiento, poniendo como valor supremo la seguridad»

Y como soy de los que opina que el matrimonio, más allá de un compromiso personal tiene una dimensión social, les abro las puertas de mi casa y les ofrezco una butaca privilegiada cerca de nuestro “sofá de parlamentar”.

Corremos el riesgo de infantilizarnos como sociedad, de dejar que decidan por nosotros sin el mínimo cuestionamiento, poniendo como valor supremo la seguridad. Pero esto es un engaño colosal. En ocasiones hay que recordar lo evidente: no hay nada seguro en este mundo salvo que nos vamos a morir.

Lo peor de este planteamiento es que el miedo a la libertad nos paraliza hasta llegar a un estado que, si bien no tiene por qué ser de muerte física, es equivalente en la medida en que la vida queda arruinada por la falta de iniciativa y, por tanto, de futuro.

Me recuerda mi mujer que Julián Marías tenía muy bien teorizada esta idea. Argumentaba que el hombre es un ser “futurizo”, que no para de proyectar. Es decir, que no hay futuro sin proyectos. Y, al mismo tiempo, no hay proyectos sin decisiones libres. Esto exige, como es obvio, el uso de la libertad y un cierto desprecio por la seguridad. O, al menos, asumir un riesgo más o menos calculado.

En el desarrollo humano no es difícil advertir que ambas dimensiones, libertad y seguridad, están permanentemente en juego. Y que no es posible avanzar sin tomar decisiones libres y asumir con responsabilidad sus consecuencias, aún a costa del riesgo y de hacernos vulnerables.

«Es importante que seamos conscientes de qué postura queremos tomar: aferrarnos a una seguridad que nunca está garantizada, o ejercer la libertad»

Esto se da incluso en un nivel casi inconsciente en el bebé que, sintiéndose suficientemente fuerte, renuncia a una cierta seguridad, abandona el gateo y se arriesga, siquiera con ayuda, a ensayar unos pocos pasos torpones.

Marías expone de manera magistral el popular “quien no arriesga no gana”. Quien no toma decisiones que implican el ejercicio de la libertad, no evoluciona. El que fue niño será siempre caprichoso, inapetente o manipulable así cumpla 40 años, si no ha sido capaz (o no le han dejado por hiperprotección) de tomar sus decisiones, equivocarse, avanzar… En definitiva, madurar.

La cuestión es que quien no hace ese recorrido de toma de decisiones libres a costa de al menos una parcela de seguridad, en esencia no puede decir que ha vivido con plenitud. Merece la pena preguntarse en este sentido: ¿Quién quiere ser eternamente un niño?

Vayamos un paso más allá.

Dada la situación en la que nos encontramos es importante que seamos conscientes de qué postura queremos tomar: aferrarnos a una seguridad que nunca está garantizada, o ejercer la libertad para poder llenar de proyectos el futuro, con los que avanzar a través de éxitos y fracasos.

Esta determinación es crucial en momentos de extrema gravedad como se atestigua en experiencias de supervivencia. Llega un momento en que el inmovilismo, aferrarse a la seguridad, es tanto como dejarse morir.

Es obvio que la decisión no es fácil. Pero hay que tomarla. Y el miedo a la libertad es la muerte, civil o física.

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Límite 24 horas: sólo por hoy lo intentaré

Como se decía antaño, al recibo de la presente, espero querido lector que te encuentres bien. Son tiempos difíciles, en los que un bichito sobre el que ni siquiera la comunidad científica se siente certera para calificarlo de ser vivo ha puesto en jaque nuestra existencia. Todas y cada una de las 24 horas del día. Una a una. Pero nada más.

Es más que sabido que a cada día le basta su afán. Y este horizonte temporal es el que debemos tomar para afrontar la vida. Sí es cierto que debemos planificar, fijar nuestros objetivos familiares, personales y profesionales. Pero para gestionar las cosas del día a día -obvio- tenemos un límite de 24 horas que no conviene desatender o desdibujar.

La crisis del coronavirus nos ha separado de personas importantes en nuestras vidas, al tiempo que nos ha hecho convivir más horas de las que estamos acostumbrados con otras. Pareciera como si todo lo viviéramos con mucha más intensidad, concentrado, como los buenos caldos.

Y en medio de estas circunstancias tan especiales, creo haber entendido que el límite de 24 horas es una referencia que nos puede ser muy útil.

«Que no pase un día entero sin decir, precisamente, te quiero, a los más cercanos. Que no pase un día sin ofrecer ayuda, sin dar cariño, sin mostrar cercanía»

Si hay un enfado, un malentendido, un reproche, que no pasen 24 horas sin hablarlo, pedir perdón (sea quien sea el que tenga más parte de culpa), aceptarlo y proseguir la vida con afecto y bonhomía. Los conflictos normales de la convivencia, por pequeños que parezcan, han de resolverse antes de que se enquisten. Cuando esto sucede, el estallido es peor. ¿O no se acuerdan del acné de la juventud?

Del mismo modo, es recomendable pensar si, en las últimas 24 horas he estado pendiente de las personas a las que quiero. Que no pase un día entero sin decir, precisamente, te quiero, a los más cercanos. Que no pase un día sin ofrecer ayuda, sin dar cariño, sin mostrar cercanía. Un viejo aforismo asegura que la maleza crece en el camino que no se recorre entre dos personas. No conviene olvidarlo.

Quien tiene una vida estándar, sin demasiados aprietos, ni lujos, sin preocupaciones ni alegrías extraordinarias, puede caer en la trampa de considerar cada día como “uno más”. Y no hay nada más cierto que el tiempo, que puede ser una de nuestras mayores riquezas si lo aprovechamos, es también un bien escurridizo, fugaz y esquivo.

Recientemente he visto una película de 2013, titulada About time (en España fue presentada como ‘Una cuestión de tiempo’). En ella, el director Richard Curtis plantea una idea fantasiosa para profundizar en el valor del tiempo: los varones de una familia inglesa tienen la capacidad de viajar en el tiempo.

Más en concreto, al pasado, a momentos que han vivido. Y pueden actuar en ellos para modificar la realidad. Obviamente, el protagonista, al conocerlo, pone en juego esta posibilidad y descubre, como en la gloriosa frase de Spiderman, que “un gran poder lleva una gran responsabilidad”.

El hecho es que al final, decide vivir intensamente cada día, cada 24 horas como si no tuviera la posibilidad de viajar al pasado y revivir de nuevo escenas del pasado. Por fin entiende que cada día, vivido con intensidad, es suficiente.

No es desconocida la oración del papa Juan XXIII que algunos han titulado como el ‘Decálogo de la serenidad’ y que puede resultar de gran utilidad ahora que se nos plantea un reto, el de estar encerrados en casa, que no sabemos muy bien cuánto tiempo va a durar.

Merece la pena que lo recordemos:

  1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente al día,  sin querer resolver los problemas de mi vida todos de una vez.
  2. Sólo por hoy tendré el  máximo cuidado de mi aspecto:  cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé criticar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
  3. Sólo por hoy  seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad,  no sólo en el otro mundo, sino en éste también.
  4. Sólo por hoy  me adaptaré a las circunstancias,  sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
  5. Sólo por hoy  dedicaré diez minutos a una buena lectura;  recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
  6. Sólo por hoy  haré una buena acción y no lo diré  a nadie.
  7. Sólo por hoy  haré por lo menos una cosa que no deseo hacer;  y si me sintiera ofendido en mis sentimientos, procuraré que nadie se entere.
  8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y  me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
  9. Sólo por hoy creeré firmemente -aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que  la buena Providencia de Dios se ocupa de mí,  como si nadie más existiera en el mundo.
  10. Sólo por hoy  no tendré temores.  De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Pues dicho queda. Sólo por hoy lo intentaré.

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