El verdadero amor es un asesino (y otras matrimoniadas)

¿En qué consiste el verdadero amor? Hace unos meses leí algo que se me quedó muy grabado en un libro que me regalaron unos buenos amigos poco antes de nuestra boda: “Si tu mujer te decepciona es que no la has amado lo suficiente”. Lo mismo sucede, obvio, si se trata de tu marido ¡Caray! Suena fuerte, ¿no?

Pues el pasado fin de semana me volví a encontrar con un pensamiento parecido: “Si la ves fea, seguramente tú estás horroroso”. Obviamente no se está refiriendo al aspecto físico. O no sólo. Y en esta ocasión no fue a través de un libro, sino de un apasionante encuentro de matrimonios en el que tratamos de profundizar en la belleza del matrimonio “como Dios lo quiso”.

Entiendo las reticencias que esto puede generar a quien no tenga fe, en un tiempo en el que el matrimonio está tan devaluado como poco protegido. Pero quien tenga una cierta apertura de la mente y el corazón, podrá encontrar argumentos valerosos  para el fortalecimiento de una institución tan básica como insustituible en la construcción de la sociedad.

Más necesaria cuanto más creciente es la plaga de rupturas familiares, con todas sus consecuencias colaterales, empezando por los hijos.

No me adentraré (salvo al final y de soslayo) en consideraciones teológicas o exegéticas. Sólo compartiré algunas ideas fuerza que considero de valor universal para todo hombre o mujer que quiera fortalecer su matrimonio y que tenga interés en descubrir cuál es el verdadero amor.

“Cuando menos se lo merece el otro, más hay que amar, porque es cuando más lo necesita”

1.- El verdadero amor no es un sentimiento. No lo es. Que no. ¿Queda suficientemente claro? El amor es un esfuerzo de la voluntad, basado en la donación y la acogida de los esposos en su totalidad: con sus virtudes, defectos, carencias, pasado y circunstancia presente.

2.- La calidad en el verdadero amor depende de la fidelidad. No podemos medir la calidad del amor que recibimos y que damos por lo que sentimos. Los sentimientos fluctúan, cambian, evolucionan, se contraponen, se exaltan o diluyen en medio de una volatilidad evidente. El amor es constancia consciente. El amor verdadero ni se cansa ni traiciona.

3.- No se ama por méritos del amado. Al matrimonio no se llega por oposiciones, atendiendo a criterios de mérito y capacidad. Y mucho menos, es una institución en la que uno “saca plaza” fija. Por eso es vital tener presente que cuando menos se lo merece el otro, más hay que amar, porque es cuando más lo necesita.

4.- El verdadero amor no tiene punto muerto. En la caja de cambios del amor, no hay punto muerto. O se avanza o se retrocede. O se ama o se deja de amar. O hay generosidad o hay egoísmo. El verdadero amor construye. Y siempre que no se construye, se destruye.

5.- El verdadero amor es un asesino… de nuestro yo. Cuando nos casamos (y antes, si se quieren poner bien los cimientos de tal decisión), nos comprometemos a matar nuestro yo. Si no somos capaces de entender esto, es probable que no lleguemos muy lejos. Hay que acabar con el individualismo y el egocentrismo en las relaciones entre hombres y mujeres, porque funcionan como un veneno que todo lo emponzoña.

Hasta el acto más bello, más entregado, más delicado en apariencia se convierte en una amenaza si está motivado por un afán egoísta. Por eso en el verdadero amor las diferencias se entienden no como un obstáculo sino como una fuente de enriquecimiento que nos ayudan a salir del yo.

6.- El verdadero amor es un don recíproco, no un contrato de compraventa. Yo lo entrego y mi cónyuge me lo entrega. Pero no lo uno por lo otro. El verdadero amor no está regulado por el Código de Derecho Mercantil. En un esquema de verdadero amor, el bien se hace aunque el otro no lo haga: no es un intercambio comercial, es un don.

7.- El verdadero amor necesita del perdón. Y no un perdón cualquiera. Ha de ser rápido y sincero, tanto para pedirlo como para darlo, sin importar quién tiene razón. No se trata de analizar la realidad de los hechos objetivos a través de un microscopio o un modelo estadístico, sino de tener en cuenta la subjetividad de las experiencias, contemplando la realidad desde la empatía, la gratuidad y la misericordia. Una y otra vez. Porque eso significa el perdón: el don reiterado.

Cuanto más rápido y más sincero, mejor. Porque el perdón es el acto por el que la relación entre dos personas se hace más estrecha. Es como si, a cada ruptura del hilo imaginario que une a un hombre y una mujer, siguiera por el perdón un nudo que recompone la relación. Y cuantos más nudos, más cerca están ambos.

“El sexo en el verdadero amor no se deja llevar ni por la apetencia descontrolada y el instinto irracional (léase animal) ni por la mojigatería o el ilusionismo de esperar a un supuesto ‘momento perfecto'»

8.- El verdadero amor abraza el defecto del otro. Lo hace por entrega, pero también porque hace crecer a quien así lo hace. ¿Si no se ama la impuntualidad del otro, cómo se crecería en paciencia? Porque, si amas sólo lo que te encaja del otro, ¿qué mérito tienes?

9.- El verdadero amor cuida las relaciones sexuales. Esto significa, entre otras cosas, que, en lo referente a las relaciones sexuales, no se deja llevar por los extremos: ni por la apetencia descontrolada y el instinto irracional (léase animal) ni por la mojigatería o el ilusionismo de esperar a un supuesto ‘momento perfecto’. La entrega sexual es culmen del verdadero amor en el que los esposos se dan y acogen al otro de una manera sublime. Es muy importante y hay que ponerle dedicación. El encuentro sexual de la noche comienza a prepararse por la mañana.

10.- En el verdadero amor la intimidad es total. Sin ánimo de restar un ápice de relevancia a la intimidad corporal, que la tiene, porque somos seres corporales, existe un modo de intimidad aún más elevado y enriquecedor. Es la referida al corazón o al alma.

Para todos los públicos, podríamos decir que es necesario conocer en profundidad los anhelos, los dolores, las alegrías y todo aquello que el otro alberga en lo más profundo de su ser. Esto exige alcanzar un ambiente de confianza mutua absoluta al que sólo se llega con la donación total (a pesar de los errores, los fallos y los actos dominados por el egoísmo) que es correspondida por una acogida total entre los cónyuges, de manera mútua.

Para quienes tengan fe cristiana, profundizamos al afirmar que esta intimidad es la que se alcanza recuperando la situación original del hombre y la mujer al inicio de la creación, antes del pecado original. Adán y Eva vivían en plenitud en el paraíso en compañía de Dios. Y conversaban en su presencia con total libertad porque “no sentían vergüenza uno de otro”. Esa conversación libre y profunda en presencia de Dios es la oración conyugal, algo así como la gran aportación que rescata el Proyecto Amor Conyugal, basado en la teología del cuerpo elaborada por san Juan Pablo II.

* Publicado en Woman Essentia

Al hijo que nunca veré

Querido hijo:

Te quiero. Aunque no he tenido la oportunidad de verte los ojillos risueños, ni de besarte los mofletones, ni de leerte un cuento, te quiero. Aunque no he oído tus llantos, ni tus risas, te quiero. A pesar de que nunca descubriré si hubieras sido arquitecto, escritor, ama de casa o violinista, te quiero.

Te quiero, porque fuiste una ilusión, a ratos un sueño, pero fuiste también, concreto. Tan concreto como amar a tu madre pensando en ti, como llorar de alegría al ver la rayita en el test, como un punto de tres milímetros en una ecografía en blanco y negro.

Te quiero, porque te quise, incluso mucho antes de saber que habías llegado al vientre de tu madre, que te acogió con la ternura y el amor que sólo una mujer sabe ofrecer y entregar a un hijo.

Te quiero y pienso en ti: no te olvido.

«Te quiero, aunque no sea posible ya verte crecido, responsable, piadoso y jovial»

Aunque hubiera deseado abrazarte tan fuerte todos los días mientras los años de rebeldía adolescente no llegaran. Te quiero, aunque nunca conoceré los huesos que te hubieras roto, los deportes que hubieras practicado y las lecturas con las que hubieras viajado y crecido por dentro y por fuera.

Te quiero, aunque no podré explicarte por qué sigo abriendo los ojos como platos cuando veo una viñeta de Tintín, cómo imagino el sabor de la poción de Panorámix, ni lo que me he fatigado caminando junto a Frodo.

Te quiero, aunque añore los besos que deseaba de tus labios en mis mejillas y verte dormidito en brazos de tu madre, tus primos, tus tías y abuelos. Te quiero, aunque no sea posible ya verte crecido, responsable, piadoso y jovial.

Te quiero, aunque no sea posible que hagamos cima en tantos lugares soñados desde los que contemplar la maravilla exuberante, grandiosa e inspiradora de la naturaleza creada. Aunque no cumplamos juntos con la vibrante tradición de bañarnos en el mar, pase lo que pase, siempre que haya ocasión.

Te quiero, aunque no vaya a tener la oportunidad luminosa de verte revolotear ilusionado ante el pesebre o de descubrirte con agradecimiento eterno arrodillado ante el sagrario como un adulto humilde y comprometido.

Te quiero, aunque no pueda sentir el orgullo de verte jurar bandera -bien de civil o como militar- y tener un burbujeante sentimiento patriótico que, lleno de sentido común, te llevara a servir y amar a España y su historia, y a sus pueblos hermanos, de América, de Asia, de África y de Europa.

«Tu venida al mundo, incluso sin llegar a nacer, ha transformado mis días como nunca soñé»

A pesar de que no podré conocer tus amoríos y cómo hubieras forjado el pacto leal con los amigos, esos hermanos que uno encuentra en la vida, te quiero.

A pesar de que no podré velar tus nervios de examen, ni explicarte esa lección que se atraganta, ni exigirte, cuando menos, o recompensarte el esfuerzo en tus deberes de cada día como hijo o estudiante, te quiero. Te quiero por encima de los desplantes, las rabietas y las incomprensiones que nunca viviremos. También por encima de los propios fallos que ya no cometeré contigo, de las exigencias mal planteadas, de las pérdidas de nervios y los gritos que nunca quisiera darte.

Te quiero también porque tu madre y tú habéis hecho realidad uno de mis sueños de siempre: me habéis hecho padre de manera generosa; e inmerecida por mi parte. De una manera misteriosa, compleja, sí. Un tanto dolorosa, pero también profunda. Por eso también te quiero. Porque tu venida al mundo, incluso sin llegar a nacer, ha transformado mis días como nunca soñé. Porque nunca pensé que el encargo de llevar a un hijo al cielo iba a ser cumplido por un camino al tiempo tan extraño y sublime.

Por eso también te quiero. Porque gracias a ti, si llegan tus otros hermanos y ven la luz del sol, podré decirles con alegría que tienen un hermano mayor en el cielo, que les precedió y les cuida. Un hermano mayor al que siempre pueden acudir para pedirle consejo, consuelo o paz. Un hermano al que yo, su padre, quiero, al que ya le rezo y le pido consejo, consuelo y paz.

Con el abrazo y los besos que sólo pueden darse de alma a alma, se despide tu padre que te ama…

Y hasta el cielo si Dios quiere.

* Publicado en Woman Essentia

¿Culpa o responsabilidad?

Existe la costumbre en algunos lugares de sacar el 31 de diciembre los trastos viejos a la calle para quemarlos. Tal vez sea una manera de sacudirse la culpa o de dar portazo a las cosas menos buenas que hayan podido suceder a lo largo del año. Un rito como otro cualquiera, que puede tener su sentido, siempre que no se caiga en la superstición y el autoengaño de pensar que un poco de fuego puede darnos “buena suerte” para el año entrante.

Ahora que nos acercamos a tiempo de balance, de análisis –por ligero que sea- sobre lo vivido en los últimos 12 meses, conviene no ser demasiado ingenuos, indulgentes en exceso o castigadores desabridos con nosotros mismos.

Existe un riesgo, en todo caso: confundir la responsabilidad con la culpa. Y de manera insospechada me he encontrado con la inestimable ayuda de uno de mis más fieles compañeros de la primera adolescencia: El Príncipe de Bel Air o, mejor dicho, quien lo encarnó con tanta genialidad: el actor y cantante Will Smith.

En un vídeo, fácil de encontrar a través de cualquier buscador en Internet, Smith plantea la diferencia entre la culpa y la responsabilidad de una manera sencilla y genial. El rapero y actor plantea que “no importa de quién es la culpa si algo se rompe, cuando es tu responsabilidad arreglarlo”. Y tiene mucha razón.

Uno no es necesariamente culpable de las desgracias que le suceden en la vida (otra veces, sí, claro, pero ya se sabe que preferimos que la derrota sea huérfana, aunque nos hagamos trampas al solitario). Pero, en efecto, es responsable de lo que hace con lo que queda.

No importa si se trata de la pérdida de un familiar, del fin de una amistad de años, de una ruptura sentimental o de una ruina económica. Para todas estas situaciones y las que se nos ocurran, es aplicable la reflexión de Smith.

En el caso, por ejemplo, de una enfermedad tan destructiva como el alcoholismo en un padre, el actor reflexiona que “es de tu responsabilidad ver de qué manera vas a lidiar con los traumas para resolverlos y poder llevar una vida feliz adelante”, aunque, obviamente, no sea tu culpa.

Lo mismo en el caso de una infidelidad: “Es tu responsabilidad afrontar ese dolor y
sobreponerte a él para lograr encontrar la felicidad nuevamente”.

Y añade: “Culpa y responsabilidad no van de la mano, y apesta, pero es así” porque aunque desearíamos que los culpables pagaran el pato “no es como funciona. Especialmente cuando se trata de tu corazón, tu vida, tu felicidad. Es tu responsabilidad y es sólo tuya”, sigue el bueno de Will Smith.

«¿No es más productivo plantearse -en singular- ‘cual es mi responsabilidad’? ¿Qué cometido concreto me corresponde hacer a mí para arreglar la situación?»

Que sí, que “la culpa fue del cha cha cha”, como cantara Gabinete Caligari. Pero ¿a quién –que mire al futuro de verdad- le importa eso? 

En estas semanas que nos vemos abocados a una maratón de encuentros grupales con amigos, familiares y compañeros de trabajo, bien nos convendría evitar la tentación de buscar a quién echar la culpa de las desavenencias que, abiertas o soterradas, están como el elefante en el salón del refranero anglosajón.

¿No es más productivo plantearse -en singular- ‘cual es mi responsabilidad’? ¿Qué cometido concreto me corresponde hacer a mí para arreglar la situación? ¿Qué parte está a mi alcance para minimizar los roces e incomprensiones?

La culpa es una mirada al pasado que, si no es meramente instrumental, se vuelve ponzoñosa. Es beneficioso conocer las causas de una desgracia o de un mal paso de consecuencias negativas para no repetirlo, modificar patrones de conducta, etc. En definitiva aprender. Pero ahí queda. 

La responsabilidad es, al contrario, una mirada al futuro. Existe un problema y en mi mano está hacer esto y lo otro para minimizar o anular los efectos negativos o, incluso, revertirlos y obtener un bien. 

La Psicología ha descrito algo parecido con una palabra utilizada casi a modo de conjuro en los últimos años: resiliencia. Que es una forma de expresión moderna que en castizo siempre se ha formulado con aquello de: “Si te tocan limones, haz limonada”.

* Publicado en Woman Essentia

Violencia contra la mujer

Reconozco que hay asuntos complejos de abordar, tal y como está de crispado el debate público sobre algunas o casi todas las cuestiones. Así me ocurre si quiero hablar de la violencia contra la mujer. Allá vamos. Cada 25 de noviembre desde hace ya muchos años se celebra el llamado Día Internacional contra la Violencia de Género.

Exordio obligatorio, con el ánimo de que sigan leyendo los queridos lectores (dicho en neutro, como mandan los cánones gramaticales) es dejar patente «por las dudas» que diría mi amigo Walter el argentino, que quien suscribe siente un profundo rechazo hacia los actos de violencia cometidas contra mujeres por el hecho de ser mujeres.

Pero si nos quedamos en la etiqueta de la «violencia de género» la cosa empieza a descarrilar desde el inicio.

Sin etiquetas

Empecemos por lo primero, que es la mejor manera de adentrarse en algo: el género es una categoría gramatical, como el número y el caso, no biológica. En la naturaleza humana existen hombre y mujeres. Individuos con un par de cromosomas XX o XY. Nada más. Y nada menos, más allá de las excepciones que suponen aquellas personas con síndromes como el de Harry Benjamin, que afecta a 1 de cada 100.000 personas, y provoca una patología intersexual congénita que disocia el sexo genital del cerebral.

La diferencia sexual biológica presente de manera abrumadora en la naturaleza humana, en todo caso, no determina los comportamientos futuros, al menos no de manera exclusiva y totalizadora. Pero sí determina por ejemplo, cuestiones como los niveles hormonales a lo largo de la vida, la configuración corporal y funcional del aparato reproductor diferenciado en cada caso, ciertas conexiones neuronales que hace a unos y otras más proclives en líneas generales a determinadas actividades, etc.

Así que nada más alejado de la realidad la defensa del ‘género’ como la construcción social de un rol o la autopercepción ante la que todos los demás debemos someternos sin decir, por mucho que nos asista la verdad, que el emperador está desnudo. Esto no tiene nada que ver con faltar el respeto a nadie. Tiene que ver con la realidad.

Una violencia de muchos rostros 

Pero volvamos a la violencia contra la mujer por el hecho de ser mujer. Porque también es real. Y tiene muchos rostros.

Hay violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, en el aborto. En primer lugar, por el que se realiza por razón del sexo, que ha enviado al cubo de la basura a millones de niñas antes de nacer. Pero también es violencia sobre la madre que, ante un embarazo inesperado, es conducida como por una calle estrecha y sin salida al quirófano de un negocio abortistas para convertirse en madre de un hijo al que no se le dejó nacer. Madre de un hijo muerto. O peor, matado. ¿No es esto violencia?

Hay violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, en los prostíbulos donde las mujeres se ven abocadas (así pienso que es en la inmensa mayoría de los casos) a vender su cuerpo acogotadas por problemas de todo tipo, abandonadas por la sociedad y los servicios de asistencia, cuando no obligadas por las mafias.

Hay violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, en los llamados vientres de alquiler, también presentados con el críptico nombre de maternidad subrogada. El capricho de algunos que, parapetados en el buenismo, «encargan» un hijo como quien pide a la fábrica un coche y convierte la maternidad en un zoco que cosifica, esclaviza y avergüenza al sentido común.

Hay violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, cuando un desalmado -abusón en el menos malo de los casos, que no los hay buenos- se cree con derecho a maltratarla de cualquier forma y lo hace pegando, acosando, etc. Por supuesto, en casos de atentados contra la libertad sexual, violación, etc. También cuando son mujeres las que hacen lo mismo sobre otras mujeres.

Hay violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer, en los países -generalmente musulmanes, esta es la tozuda realidad- en los que es considerada un ser inferior, es obligada a taparse incluso los ojos con un burka y su testimonio no vale igual que el de un hombre ante un tribunal, entre otras cuestiones.

Sí, en efecto, hay muchas formas distintas de violencia contra la mujer, por el hecho de ser mujer y es justo que se exploren las mejores vías para atajarlas. Porque, al menos en España, parece que no hemos dado en el clavo.

«La Ley Orgánica Integral de Medidas contra la Violencia de Género es una de las leyes más antijurídicas y alejadas de la justicia de nuestro ordenamiento»

Si nos ceñimos a los datos de mujeres muertas a manos de varones en contextos de relación sentimental (un término tan ambiguo como extendido) presente o pasada, se ve con claridad que el número apenas ha variado pese a la insistencia machacona en una serie dogmas y estrategias que se han revelado inútiles cuando no contraproducentes.

Entre 1999 y 2017, según datos del Instituto Nacional de Estadística entre 49 y 73 mujeres murieron a manos del «cónyuge, ex cónyuge, compañero sentimental, ex compañero sentimental, novio o ex novio» (sic). Esos datos han ido disminuyendo y aumentando, si se quiere, de forma «caprichosa», pero ciertamente estable.

En paralelo, las administraciones públicas locales, regionales, nacionales y supranacionales, así como innumerables empresas, sindicatos, organizaciones feministas, etc. han dedicado ingentes cantidades de dinero -multimillonarias en euros- que, tal y como revelan los datos de nada han servido.

Demonización del varón

Del mismo modo, han sido inútiles los intentos de demonización del varón per se («la violencia está incardinada en el ADN de la masculinidad», Manuela Carmena dixit) o las advertencias sobre una forma de consentimiento en las relaciones sexuales entre hombre y mujeres que es irreal (¿en serio quieren un «firme aquí»?; ¿lo imponemos ante notario?).

Tampoco las discutibles afirmaciones (escuchen o lean a Jordan B. Peterson) sobre un supuesto sistema heteropatriarcal opresor, o la difusión de manuales contra los «micromachismos», que antaño constituían las mejores prácticas de la caballerosidad.

Y tal vez la más inútil de todas, la Ley Orgánica Integral de Medidas contra la Violencia de Género, una de las leyes más antijurídicas y alejadas de la justicia de nuestro ordenamiento, por cuanto instaura el delito de parte (sólo el varón puede ser acusado); elimina la presunción de inocencia (detención inmediata del varón por mera denuncia); invierte la carga de la prueba (es el hombre quien debe demostrar su inocencia, no quien le acusa); y, como una bomba de racimo, se convierte en una herramienta para dinamitar los procesos de ruptura familiar, ya crudos de por sí.

Merece la pena pues, que revisemos con detenimiento si existe eso que llaman género referido al sexo, que pongamos el foco en violencias contra la mujer que algunas mujeres invocan incluso como «derechos» y que exploremos mejores vías de atajar los homicidios de mujeres a manos de hombres indeseables, dado que las cifras no han cambiado demasiado.

Merece la pena luchar, con la verdad, contra la violencia. De cualquier género.

* Publicado en Woman Essentia

De la ficción a la trágica realidad: «Luke, yo soy tu padre»

En la saga de la Guerra de las Galaxias, una de las tramas más interesantes es sin duda la que une a Darth Vader, Luke Skywalker y la Princesa Leia. Luke y Leia crecen sin conocer su verdadero origen. Y, aunque tienen una buena conexión entre ellos, no son conocedores de la verdad hasta bien entrada la trama de la historia. En efecto, la frase mítica (“Luke, yo soy tu padre”) nos hace comprender buena parte de la complejidad psicológica de los personajes. Más aún cuando se sabe que Luke y Leia son hermanos separados al nacer.

Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Estas inquietudes que cantaban los componentes de Siniestro Total reflejan una inquietud que es compartida por todos los seres humanos. Todos sin distinción. 

La identidad de cada uno de nosotros está definida por muchos factores. Dónde hemos nacido, quiénes son nuestros padres, dónde hemos estudiado, quiénes son nuestros amigos, nuestras aficiones, las cosas que no nos gustan, lo que creemos… Son infinidad de factores que, por separado, pueden no constituir la esencia de cada uno, pero que combinados nos hacen ser quienes somos.

La clave: nuestra herencia genética

Obviamente existe otro factor que no es menor, aunque hay muchos que proclaman a los cuatro vientos que apenas tiene importancia o, directamente, su inexistencia, contra toda evidencia. Se trata de nuestra herencia genética. No solo en lo que respecta a nuestras características físicas, las probabilidades de desarrollar alguna enfermedad, o nuestra capacidad para engordar o adelgazar a gusto.

Sin caer en un determinismo genético, que nos llevaría a entrar de lleno en ideologías repulsivas como el racismo o la eugenesia, tener la certeza sobre quiénes son nuestro padre y nuestra madre no es una cuestión baladí.

Mucho menos después de décadas en las que determinados avances en las técnicas científicas llevaron a algunos, probablemente confundidos y arrastrados por una falsa piedad a desarrollar programas de fertilización artificial. Un problema agravado por el comercio de los vientres de alquiler que esclaviza a la mujer y convierte al nuevo ser humano en un objeto. 

¿Quién soy?

El problema no es nuevo. Pero es un asunto mucho más grave que en ocasiones el público en general suele desconocer.

No son pocos los que alcanzada la mayoría de edad y siendo conscientes de que su existencia se debe a una donación de óvulos y espermatozoides se preguntan por quiénes son en realidad

Y la olla está apunto de estallar. O, mejor dicho, ya ha estallado. Al menos 36 países ya han cambiado sus leyes para que las ‘donaciones’ de esperma y óvulos (siempre pagadas por una industria cada vez más en boga) no sean anónimas. Entre ellos se encuentran el Reino Unido, Holanda, Suecia, Austria o Portugal. 

El Comité de Bioética de España, según han publicado diversos medios, va a plantear al Gobierno la necesidad de obligar por ley a que las entregas de semen y óvulos no sean anónimas para que los hijos puedan conocer a sus padres biológicos en el caso de haber sido concebidos en procedimientos artificiales. 

Es probable que en el Comité de Bioética sólo se hayan planteado la circunstancia de quien, al saberse fecundado de forma artificial en concurso con una ‘donación’, se pregunta por la identidad de quienes aportaron el material genético. 

Desafíos de enorme trascendencia

Pero son muchos más los desafíos que se presentan sobre esta cuestión. 

Ya hemos apuntado el caso de quienes fueron concebidos por el sistema esclavista de los vientres de alquiler. ¿Cuántos padres o madres tiene esta persona? Se ha de recordar que durante una determinada fase del embarazo existe un cierto intercambio genético entre la mujer gestante y el concebido, por lo que, de haberse implantado un óvulo procedente de otra mujer, se lía aún más la madeja de la identidad genética

Por otro lado, es conocido que las técnicas de fecundación artificial suelen seguir un procedimiento por el cual se inseminan varios óvulos. Algunos se congelan y otros se destruyen. De entre los que se implantan, no es infrecuente que se eliminen algunos, los que hayan arraigado peor en el vientre materno. Por tanto, cabe la pregunta: ¿cuántos hermanos tengo? 

Pero los problemas de identidad también asoman por otros frentes. Cuando a una generación entera se le dice que no importa lo que diga la Biología, sino que uno puede identificarse de la manera que en cada momento “sienta”, el puzzle se complica. Pero esa es batalla de otra galaxia. Y también da para una saga. 

* Publicado en Woman Essentia

Cinco claves para amar

La forma en que las personas nos relacionamos, por mucho que las diferentes culturas pongan acentos particulares en numerosos campos, es esencialmente la misma más allá de las razas, los ambientes o las costumbres, por nuestra propia naturaleza.

En general, todos disfrutamos del encuentro afable con personas con las que compartimos intereses comunes, nos sorprendemos ante el conocimiento de otros en materias que son de nuestro interés pero que no dominamos o agradecemos el encuentro intergeneracional con sus conflictos y su enriquecimiento mutuo.

Si nos centramos en la forma más especial en la que nos relacionamos con otros, que es el amor –en este caso el amor entre el hombre y la mujer-, sucede algo parecido. Grandes diferencias por un lado, pero al tiempo (a pesar de las diferencias) no es complicado identificar algunos nutrientes básicos necesarios para que el amor nazca, se consolide y conquiste el futuro paso a paso, con sus momentos de luces y sombras.

Las cinco claves para amar que ahora abordamos seguro que pueden ser complementadas por otras, o matizadas según diferentes criterios, pero si no son todas las que son, sí son las que están, o las que al menos deben estar presentes.

Libertad: compromiso para el bien

El primero, tal vez el más fundamental de todos ellos, es la libertad. Como es obvio, este es probablemente uno de los conceptos más abordados en la historia del pensamiento filosófico, político y económico. Pero también en el campo de la libertad ligada al amor.

«Entregarlo todo. ¿Es esto esclavitud? Pues bendita esclavitud, la que te lleva a tomar la decisión consciente y libre de entregarlo todo por la persona amada»

Hay quien defiende, como la baronesa de Staël Holstein (1766-1817) que “la libertad es incompatible con el amor porque un amante es siempre un esclavo”. Un triste pensamiento este, en el que subyace, bajo el término libertad, el concepto de libertinaje, algo así como hacer lo que me apetece cuando me apetece sin valorar si sirve al bien de la relación, de los dos, o solo al mío propio.

Cervantes, por boca de don Quijote, definió la libertad como “uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”, por la que, “así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Es decir, entregarlo todo. ¿Es esto esclavitud? Pues bendita esclavitud, la que te lleva a tomar la decisión consciente y libre de entregarlo todo por la persona amada. Esta idea está desarrollada para aprovechamiento de quienes tengan la audacia de adentrarse en las páginas ‘Cásate y sé sumisa’ (Constanza Miriano. Ed. Nuevo Inicio, 2013) tras superar el impacto de su título.

La libertad, además de la entrega total y absoluta al otro (mucho más relacionada con poner toda la inteligencia, la memoria y la voluntad para procurar el bien de la persona amada), puede ser también entendida desde el prisma del respeto. Esto es de cajón.

Este respeto va mucho más allá de una cierta cordialidad, o del raquítico concepto de tolerancia que en nuestros días se maneja con tanta profusión, equivalente al “todo vale”. El respeto supone tener presente el valor esencial de la otra persona. Es valiosa porque es. Por su propia existencia.

Sinceridad: del encuentro al compromiso

La segunda clave para que amar no sea un mero sentimiento pasajero, un acomodarse a alguien que “me encaja”, es la sinceridad. Ojo a no confundir la sinceridad con la espontaneidad sin filtros o un visado permanente e irrevocable para vivir cabalgando –como un payaso de rodeo- en la grupa de los sentimientos desbocados, de lo primero que se me pasa por la cabeza o de la apetencia.

La sinceridad la entendemos como la capacidad de expresar al otro nuestras opiniones, deseos, sentimientos o expectativas con plena confianza. Como el lector puede deducir con facilidad, hay una relación evidente con una vivencia plena de la libertad desde el punto de vista considerado con anterioridad.

«La sinceridad es un tesoro si se cuida de manera adecuada, porque se convierte en un punto de encuentro en el que converger desde la verbalización de un desacuerdo»

Esto de la sinceridad puede ser peligroso si no se encuentran los cauces adecuados, en especial cuando se trata de contradecir o expresar desazón o enfado respecto a alguna acción del otro. No es lo mismo hacer un reproche comenzando con un “cuando actúas de tal manera, me siento triste, desorientado, enfadado…” que decir “no puedo soportar cuando haces, dices, actúas…” o “eres un tal porque siempre haces…”

La sinceridad es un tesoro si se cuida de manera adecuada, porque se convierte en un punto de encuentro en el que converger desde la verbalización de un desacuerdo. Y qué belleza hay en la conversación sincera que comienza para deshacer un entuerto y termina en un largo abrazo y un beso.

Por otro lado, también consideramos apropiado que la sinceridad se entienda desde un lugar más amable. Así, también entra en juego la sinceridad a la hora de expresar amor, atracción, bienestar, cariño, etc.

No es infrecuente el caso en el que uno deja de expresar bellos sentimientos hacia el otro por miedo a hacerse vulnerable, por vergüenza o por sentir que se vuelve ñoño o excesivamente edulcorado. Es cierto que todo ha de ser en su justa medida y que hay ocasiones que aconsejan una cierta contención. Pero no lo es menos que lo que no se verbaliza –en este caso, lo que podemos llamar buenos sentimientos hacia el otro- corre el riesgo de perder entidad y, pasado el tiempo, desaparecer. En esto, creo, las mujeres nos lleváis ventaja a los varones. En hacerlo bien, por supuesto. Como en tantas cosas.

Y un apunte más sobre la cuestión. Decir “te quiero” no es sólo la expresión de un sentimiento. Sino una declaración de intenciones, un compromiso. Si se quiere en términos empresariales, es una fórmula sintética que engloba la visión y la misión. Merece la pena decirlo todos los días. Varias veces si se puede. En ocasiones expresará deseo. En otras, compromiso. En otras, convencimiento. Todas resultarán beneficiosas, si detrás de cada “te quiero” se adivina un “y te quiero querer pase lo que pase”.

Tiempo y eternidad

El tercer eje del engranaje del amor es el tiempo. Empecemos con una pregunta atrevida: ¿Cuánto tiempo hay que dedicar a amar? La respuesta, en consonancia con esta propuesta, no puede ser otro que “todo”. Al amanecer y al anochecer. Mientras se trabaja y cuando se duerme. Fregando los platos o disfrutando una velada romántica. Aplacando una fiebre infantil a las tres de la mañana o con el recuerdo desde la distancia. Porque el amor, o es total o no es.

No sin algo de razón, habrá quien objete: “Muy bien, pero mientras pongo la lavadora, pienso el menú para mis suegros el fin de semana, me devano los sesos para solucionar una dificultad en el trabajo y busco la mejor manera de abordar una conversación complicada con mi hijo adolescente, el tiempo me pasa por encima”.

No son pocas las dificultades de la vida precipitada que con frecuencia llevamos. Y es inteligente tener presente que necesitamos un tiempo mínimo de descanso diario para que todas ellas no nos estallen sin control. Pero no hay que desesperar.

Sería un tanto reduccionista decir sin más que hay que procurar estar juntos el mayor tiempo posible. No siempre se puede y, además, no basta con ello.

Una tarde –completa, seguro- de compras en un centro de bricolaje eligiendo muebles para una cocina nueva puede convertirse en un tiempo realmente ‘productivo’ en términos amatorios. Sí, en la medida en que toda esa actividad, que puede ser ciertamente tediosa, sea asumida como una maravillosa ocasión de compartir la ilusión en construir el hogar más confortable dentro de nuestras posibilidades. Quieras o no, tienes que estar. ¿No es mejor así que refunfuñando? Eso también es amar.

«¿Qué significa esta nadería que me ha molestado momentáneamente al lado de mi compromiso de querer al otro para siempre? ¿No es más fácil perdonar y relativizar algunas cosas desde esta perspectiva?»

No descubrimos nada nuevo si apuntamos –y nunca está de más recordarlo aunque hay mucho escrito sobre el particular- que un tiempo mínimo de conversación personal, tranquila (libre y sincera, por supuesto) a diario se hace fundamental. Si no hay ocasión para abordar todos los asuntos pendientes a fondo, al menos sí podremos enumerarlos, priorizarlos y esbozar los planteamientos de cada cual. Algo siempre es más que nada. Y planta que no se riega se echa a perder.

Para quien así lo estime, es recomendable que parte de esa conversación no sea sólo entre los enamorados, sino de ambos con Dios.

Con independencia de si hay un componente religioso en la cosmovisión de los enamorados, podemos abordar que en el verdadero amor está presente la eternidad. O todo. Yo creo en una eternidad determinada, pero todos podemos coincidir en que el amor comprometido –el comprometido de verdad- tiene vocación de permanencia incluso más allá de la muerte, así sea mediante el recuerdo.

Y la eternidad es “muy larga” que diría un castizo. Tener presente esto puede resultar francamente útil a la hora de abordar momentos de dificultad. ¿Qué significan estar horas de enfado respecto a mi compromiso de amar al otro eternamente? ¿Puedo esperar un tiempo, con paciencia, para abordar este asunto? ¿Soy capaz de dejar tiempo al otro para que encuentre su momento para compartir ese “nudito” que se le atraviesa en el alma hace tiempo?

Del mismo modo ¿qué significa esta nadería que me ha molestado momentáneamente al lado de mi compromiso de querer al otro para siempre? ¿No es más fácil perdonar y relativizar algunas cosas desde esta perspectiva? La paciencia desde la perspectiva de la eternidad se hace mucho más llevadera e, incluso, placentera.

Llorar y reír juntos

Con frecuencia se oye decir a los enamorados que una de las cosas que más atraen del otro es que les hace reír. Y es que los efectos beneficiosos de la risa están sobradamente comprobados, pues desde el punto de vista bioquímico liberamos endorfinas, las famosas hormonas de la felicidad.

Más allá de esa sensación placentera, sabemos también que la risa es beneficiosa incluso para mejorar en la recuperación de una enfermedad. Ahí están los “doctores sonrisa” que siguen la estela de Patch Adams.

¡Y qué mejor que reír junto a la persona amada! Y no sólo porque esto haga de ‘contrapeso’ a las situaciones amargas que también compartimos con el otro, lo cual puede ser ya de por sí importante. Sino porque el humor es fundamental para una psique equilibrada. En especial para reírnos juntos de nuestras torpezas, nuestras manías o de situaciones tan comprometidas como pueden ser los primeros pasos de las relaciones sexuales, cuando aún falta la armonía deseada.

Mucho mejor, en todo caso, si este humor es inteligente y no vulgar.

«Yo cruzo ese río –de lágrimas- contigo. Del mismo modo que quiero tus sonrisas, elijo recoger tus lágrimas y hacerlas propias»

Llorar juntos también es importante en el amor. Como ya hemos dicho, aunque nunca sea suficiente repetirlo, el amor exige totalidad y eso incluye también compartir las tristezas, los desengaños, las tensiones, los agobios, las incomprensiones, las aspiraciones insatisfechas, los fracasos personales…

Llorar juntos supone decir al otro: tú dolor no es mi dolor, pero quiero que lo sea. No por sadismo, sino por compasión, una actitud muchas veces mal comprendida. No se trata de pasarle la mano por lomo al otro, como a un animal desvalido. Al menos no sólo. Se trata de expresar nuestra firme voluntad de compartir ese sentimiento, de analizar sus causas, de prever sus consecuencias y de poner, juntos, remedios. “Yo cruzo ese río –de lágrimas- contigo. Del mismo modo que quiero tus sonrisas, elijo recoger tus lágrimas y hacerlas propias”.

Sorpender(se)

En quinto lugar, consideramos que en el amor, es clave sorprenderse y sorprender. No en vano, la etapa primaria de enamoramiento supone en parte descubrir que el otro es una sorpresa para uno. Probablemente primero en un plano físico y después en un plano intelectual, emocional, moral y espiritual.

Pero demos un paso más allá. Al ser el amor un camino que si no se recorre a diario se llena de maleza, puede volverse monótono en ocasiones tanta repetición. Por eso es necesario alimentarlo y estimularlo en el otro y en uno mismo. Y hacerlo nuevo cada vez.

En los primeros años, resulta relativamente sencillo sorprender al otro con planes, propuestas, detalles especiales… Se expresa muy bien en la película ‘Esperando a Forrester’, cuando el anciano escritor le dice a su joven discípulo: “La llave del corazón de una mujer es un regalo inesperado en un momento inesperado”.

Pero no es menos cierto que con el tiempo, del mismo modo que nos van fallando la memoria y la agilidad iniciales, podemos caer en una rutina insana, alejada de un necesario “orden cíclico” que nos facilita la vida.

«Si no somos conscientes de que hay que enamorarse cada día de la persona a la que se ha decidido amar llega a continuación esa cosa tan tonta –y tan falsa- de que “se nos acabó el amor”»

Por tanto, conviene abordar este quinto pilar desde una doble perspectiva. Por un lado, haciendo que la inspiración para sorprender al otro nos pille trabajándonoslo. Eso pasa, en primer lugar, por estar atento, tener el radar activado para saber qué es lo que realmente agrada al otro… o no.

Porque se puede dar hasta la paradoja de que a alguien no le gusten las “sorpresas” y ¿entonces? ¿Cómo poner en juego esta clave del amor? Pues muy fácil: la sorpresa consiste en decirle por anticipado que has pensado algo especial. La sorpresa está en el anuncio, no en el momento.

En otro sentido, uno debe tener la capacidad de seguir sorprendiéndose del otro. De encontrar detalles, actitudes, conocimientos, sensibilidades en las que no habíamos reparado y que hacen también especial y única a la persona amada.

Lo que a uno le puede seducir en un comienzo puede no tener ese mismo efecto pasados los años. Está bien que así sea, pues las personas evolucionamos y, aunque en esencia somos el mismo ser antes de nacer, en la juventud o la madurez, cambiamos. Y si no somos conscientes de que hay que enamorarse cada día de la persona a la que se ha decidido amar llega a continuación esa cosa tan tonta –y tan falsa- de que “se nos acabó el amor”.

Así completamos el cuadro:

  • Amar con libertad, que es compromiso permanente con el bien del otro.
  • Amar con sinceridad, que nos permite un encuentro real con el otro.
  • Amar todo el tiempo, hasta la eternidad, que nos ofrece una perspectiva que alimenta nuestra paciencia.
  • Amar compartiendo la risa y el llanto, que en ocasiones se entremezclan.
  • Amar sin dejar de sorprender y de sorprendernos, para no decir “se nos acabó el amor”.

* Publicado en Woman Essentia

Preguntas incómodas

La semana pasada escribí a unos amigos para ver si podíamos quedar. Estaban fuera de la ciudad, pero volverían a tiempo para tomar algo una vez pasada la canícula infernal que vivimos en los madriles. Cuando les escribí para concretar un poco más el plan, la respuesta fue heladora: “Lo vamos a tener que dejar para mañana. Hemos tenido un accidente. Afortunadamente nada de nada pero, insisto, tremendo”.

Pregunté por los niños, pues no sabía si habían viajado con ellos. Por fortuna, no. “No os preocupéis, todo en orden y con ganas de descansar, olvidar lo ocurrido y rezar por estar vivos. Gracias”, respondió.

¡Caray! Que es que a uno se le corta el café cuando vive de cerca situaciones como esta. O como la que sucedió no hace muchas semanas, cuando por cansancio, otro conocido se quedó dormido al volante un microsegundo. Milagrosamente se despertó a poca distancia del quitamiedos y pudo rectificar la trayectoria sin mayores consecuencias.

Estos sucedidos, que diría un castizo, han coincidido en el tiempo con un ‘asalto’ a la conciencia que he vivido recientemente.

“Si murieras pronto ¿cómo te gustaría que te recordaran?” La pregunta llegó como un misil al alma mientras escaneaba, frenético, noticias en algunos medios internacionales. El ‘misil’ estaba dirigido en concreto a los padres cuyos hijos aún son pequeños, pero sirve para todos. Incluso, le sobraba el “pronto”.

La muerte… esa presencia constante

Muchas cosas me han sucedido alrededor de la muerte en los últimos tiempos. He asistido a dos funerales y, alguien muy querido, ha pasado por el hospital tras un arrechucho de corazón.

En uno de esos funerales, al que asistí por casualidad, pues yo iba a misa ‘sin más’ y me encontré con las exequias de un finado al que no conocía, se habló con mucha serenidad, sin aspavientos dialécticos pero con grandeza del difunto.


«Sea usted creyente o no, en todo caso supongo que deseará que se le recuerde bien»

No soy partidario de los funerales “canonizantes” que pasan por alto los naturales fallos que cualquiera comete en la vida. Se ‘aseguran’ el paraíso del finado con vaguedades. Pero este que les narro fue realmente especial. Cuatro o cinco sacerdotes concelebraban y, aparte de glosar algunas de sus virtudes más reconocibles, llegaron a decir algunos de los sacerdotes que creían firmemente en que esa persona había alcanzado la santidad.

Sea usted creyente o no, en todo caso supongo que deseará que se le recuerde bien. Pero para eso hay que dejar una buena huella en las personas con las que compartimos la vida. Y no se trata de una tarea fácil, de manera principal por los propios fallos y debilidades que todos tenemos.

Pues traslado la cuestión al amable lector: ¿Cómo le gustaría que le recordaran?

Habrá quien piense que esto es adelantar acontecimientos o pecar de tremendismo, pero nadie está libre de tener un accidente. Nadie.

Tampoco se trata de meter miedo, que bastantes sustos nos dan ya los bancos -ya no hablemos de los políticos-. Pero no es descabellado pararse a meditar sobre estas cuestiones de tanto en tanto, las vacaciones ofrecen espacios de calma para pensar… más allá.

Porque, de la misma manera que el inicio de la vida tiene lugar en un chispazo infinitesimal, la muerte puede producirse, de manera inesperada, en cualquier momento.

* Publicado en Woman Essentia

El índice WhatsApp

Se acerca el tiempo de vacaciones, que es en el mejor de los casos tiempo de descanso, relajación o recreación personal. También es tiempo propicio para hacer balance. Pese a que el calendario dice que el año comienza el uno de enero, lo cierto es que la vida está organizada mucho más alrededor del calendario escolar. Septiembre es un momento de comenzar con fuerzas renovadas. Pero, para que esto sea efectivo, hay que pararse a pensar antes en cómo estamos.

Conviene de vez en cuando hacer repaso. Repaso de armarios, de lo que uno come, del deporte que hace (o no), de la relación con las personas que hace tiempo que no ves y por supuesto, con las que ves cada día en casa, en el trabajo o compartiendo tiempos de ocio. Repaso, por qué no, del estado de los amores, los rencores, la memoria, los temores, las ilusiones o las quejas más habituales. Los rezos y pensamientos.

Todas estas operaciones de auditoría personal nos dan pistas sobre cómo estamos viviendo. Esto, como es obvio, puede llevar un cierto tiempo, del que no siempre disponemos, aún en periodo estival. Por eso considero relevante haber descubierto que tenemos unos ‘chivatos’ muy cerca de nosotros, cada día, cada hora, cada minuto incluso, que pueden servir de ayuda a este propósito.

Es cierto que mantenemos muchas veces una relación de amor-odio con nuestros queridos-odiados teléfonos móviles. Celulares para la parroquia hispánica de las Américas. Y mucho más intensa con los servicios de mensajería instantánea. En Europa, el uso de WhatsApp es mayoritario, aunque hay otras aplicaciones similares que, para nuestro propósito, bien sirven.

¿Qué nos dicen los emoticonos?

Cuando la gentileza que dispensa a este juntaletras acabe, le propongo al estimado lector un juego. Revise con interés el histórico de los emoticonos que utiliza con más frecuencia. ¿Tiene más besitos o caras rabiosas? Tal vez deba repensar si está comunicando más amor o rencor, si hay algún asunto por perdonar pendiente, etc.

Cuando se ríe a través de emoticonos ¿lo hace de manera escalonada, dependiendo del caso o utiliza siempre la risotada hasta la lágrima que rueda? Tal vez sea una pista para plantearse si los asuntos por los que uno se monda de risa son realmente importantes o sólo banalidades.

¿Tiene muchos monitos con la boca, los ojos o los oídos tapados? ¿Exceso de meteduras de pata? ¿Deseos de no ver la realidad?

¿Qué tal con los brazos forzudos, los pulgares arriba y los TOP-TOP-TOP? ¿Ha sido una persona especialmente motivadora?

Pero no solo los emoticonos pueden ayudarnos en esta tarea. Los llamados ‘estados’ de WhatsApp también dicen mucho de cómo nos encontramos en cada momento. Es cierto que muchas veces no se repara en ellos o no se comparte nada especialmente relevante. Pero no son pocos quienes hacen auténticas declaraciones de intenciones o revelaciones de su estado emocional, laboral, económico, etc.

Todo esto es lo que llamo el Índice WhatsApp. No pretende ser un método matemático infalible, ni mucho menos. Pero puede ayudar a mejorar la vida. Y aunque no cotice en la Bolsa, puede servir para dar valor a sus valores.

* Publicado en Woman Essentia

Cuando es posible ‘divorciarse’ sin estar casado… malo

Hace años que sabemos que lo políticamente correcto y multitud de imposiciones de diversas ideologías tan subvencionadas como totalitarias nos ofrecen realidades plenas de paroxismo, incongruencia y contradicción.

La última del catálogo, al menos la última que ha llegado a mi conocimiento, es que ya existe la primera estadística de rupturas de «parejas estables». La recoge por primera vez el Servicio Estadístico del Consejo General del Poder Judicial, con las siguientes cifras:

En el primer trimestre de 2019, se han registrado en Cataluña 21 demandas de ruptura consensuada y 12 no consensuada entre los miembros de las llamadas «parejas estables». En el mismo periodo de 2018, fueron 26 y 9, respectivamente.

El Registro de Parejas Estables de Cataluña está operativo desde abril de 2017 y pretende dotar de un marco legal a aquellos que no quieren acogerse al marco legal matrimonial. Algo así como casarse, pero poco.

Los requisitos exigidos, los que siguen: O acreditar convivencia de dos años de forma ininterrumpida dentro de Cataluña; o tener un hijo en común; o un documento ante notario que acredite la condición.

Lo más relevante de este asunto, más allá de las cifras, es que parece bastante incongruente de principio a fin. 

Es común, cada vez más, que una pareja decida no casarse, como se farfulla tantas veces, «porque nuestro amor no necesita de papeles». El argumento no es especialmente brillante, pues hasta en las sociedades más primitivas se daba algún tipo de contrato (compromiso) entre los miembros de la pareja, aunque fuera verbal.

Desde el mero intercambio de unos bienes o la petición de permiso a los padres, hasta la unión de reinos, de todo se ha visto en la historia para sellar un compromiso público de estas características.

Pero no me dirán ustedes que no resulta ciertamente incoherente acudir al argumentario de la adolescencia eterna de raíz sesentayochista referido al amor libre para no dar fe pública del compromiso adquirido mediante un matrimonio, ya sea civil o religioso, y, a continuación, inscribirse en un registro donde quede constancia de ese libérrimo amorío… una vez cumplidas las normas establecidas.

El retruécano total lo hallamos cuando, una vez consumada la ‘traición’ al amor libre con la adquisición de un número de registro y, por tanto, quedar dentro del sistema, la ruptura queda también anotada para los siglos de los siglos, en una flagrante contradicción de las supuestas razones que llevaron a despreciar el casamiento.

«Existen estructuras sociales que benefician más al bien común que otras. Sin duda, la del matrimonio -y en su natural evolución, la familia- es esencial. Pero en España no se ha dejado de torpedearlo»

Queda patente que, hasta quienes proclaman con falsedad cada vez más aceptada que el matrimonio (si y sólo si es entre hombre y mujer) es una estructura de opresión hereopatriarcal, sea lo que sea que eso signifique, comprenden que la decisión de convivir con otra persona produce efectos en la sociedad.

Por eso se hizo necesario que una institución de derecho natural se incluyera en los códigos legales. Porque no es igual casarse que no casarse. Tener hijos que no tenerlos. Divorciarse que no hacerlo. No le puede dar lo mismo a la sociedad, aunque quiera mirar a otro lado.

Existen estructuras sociales que benefician más al bien común que otras. Sin duda, la del matrimonio -y en su natural evolución, la familia- es esencial. Pero en España no se ha dejado de torpedearlo.

Desde el punto de vista legislativo, la primera andanada se produjo con la aprobación del divorcio en 1981. Su modificación en ‘divorcio exprés’ a cargo de José Luis Rodríguez Zapatero convirtió el contrato matrimonial en una farsa y pasó lo que pasó: las rupturas familiares se dispararon en 10 años de los 50.000 divorcios en el 2004 a más de 100.000 en el 2014.

En 2005, se produjo la equiparación del las uniones entre personas del mismo sexo al matrimonio. De tal manera que, las políticas que debían ir encaminadas a proteger una institución esencial en cualquier sociedad, serían siempre ineficaces por el mero hecho de la disolución del concepto matrimonial. Si el matrimonio no es reconocido como lo que es, entonces puede ser cualquier cosa, que es lo mismo que no ser nada.

Ese mismo año se aprobó la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Se trata de una de las normas más ideologizadas y sectarias de nuestro ordenamiento jurídico.

Más allá de lo que supone de ataque a la igualdad, a la no discriminación o a la presunción de inocencia, o de que habilite un entramado asociativo tan subvencionado como totalitario, esta norma pone sobre la mesa de la ruptura familiar un arsenal legal (basado en muchísmas ocasiones en denuncias instrumentales, cuando no falsas) que hace imposible -por deseable que sea- cualquier posibilidad de reconciliación.

El adagio clásico dice con razón: «Familias fuertes, sociedad fuerte». Convendría fortalecer su pilar básico: el matrimonio. Reconocer la realidad de su naturaleza: formado por un hombre y una mujer. Proteger su valía con leyes justas. Promover los procesos de reconciliación y apoyo a los que estén en crisis y buscar fórmulas para minimizar las consecuencias cuando esto no es posible.

* Publicado en Actuall

La realidad y el totalitarismo

En el reciente Congreso Mundial de Familias celebrado en Verona, varios de los intervinientes coincidieron en el uso de la famosa frase de Gilbert Keith Chesterton que, como si del oráculo de Delfos se tratara, preveía la locura –en especial ideológica- en la que nos hallamos en nuestros días: «Llegará un día en que será preciso desenvainar la espada por afirmar que el pasto es verde».

Se referían aquellos oradores de manera fundamental a esa corriente de pensamiento cada vez más extendida e impuesta por sus divulgadores, según la cual, el sexo de las personas no está relacionado con las leyes biológicas. Ya se sabe que la corrección política establece que hay niños con vulva y niñas con pene. Y que decir lo contrario es anatema.

Se trata de un pensamiento especialmente peligroso para los niños, a los que –en la mayoría de las ocasiones sin conocimiento de sus padres- se les anima desde su más tierna infancia a cuestionarse su sexualidad, incluso antes de que tengan conciencia de ella.

Otra muestra de este peligroso desvarío se ha dejado ver, con desparrame evidente, en el diario The New York Times. El artículo de marras lo firma un tipo al que se le atribuye la condición de médico, pese a que su trabajo no consiste en curar, aliviar o acompañar a enfermos, sino en acabar con la vida de aquellos a los que les quedan pocas semanas para nacer.

Lo llaman “especialista en servicios de aborto tardío”. Uno tiende a considerar que si le quitan la vida, siempre se la quitan antes de tiempo. Por lo que lo de “tardío” me chirría. El aborto siempre sucede demasiado pronto… al menos para quien es privado de su vida intrauterina.

«Nada se puede hacer contra quien niega lo obvio. Y mucho menos contra quien lo dice a conciencia de que sus palabras chocan con el más elemental razonamiento»

Pero aún chirría más el título del artículo de marras: “El embarazo mata. El aborto salva vidas”. Y en sus primeras líneas: “El embarazo es una condición que amenaza la vida. Las mujeres mueren por estar embarazadas”.

Realidad, realismo y distinción

Distingamos. No se puede negar que hay mujeres en el mundo que mueren en el periodo de embarazo, porque se trata de una circunstancia vital, no una enfermedad, que conlleva unos ciertos riesgos sanitarios. Pero las mujeres encintas que fallecen lo hacen, en su inmensa mayoría, porque se encuentran en lugares donde no hay posibilidad de abordar con garantías esos contratiempos. No por el embarazo, sino por la falta de condiciones sanitarias adecuadas.

Ya le estoy viendo cargar contra la construcción o los trabajos de pocería; tal vez contra la conducción de vehículos pesados o de transporte de cargas peligrosas o, incluso, contra la apicultura.

Porque todas esas actividades pueden amenazar en mayor o menor medida la vida humana. Pero estoy convencido de que nunca diría: “La apicultura mata. El exterminio de las abejas salva la fauna”.

Es una contradicción en sí misma tan evidente (el embarazo es un proceso de creación de vida, el aborto acabar con ella) que rebatirlo con argumentos se pone casi imposible. Nada se puede hacer contra quien niega lo obvio. Y mucho menos contra quien lo dice a conciencia de que sus palabras chocan con el más elemental razonamiento. Por eso en este tipo de ocasiones cae como un guante el aforismo chestertoniano.

«El problema más profundo de negar la realidad es que hace imposible el diálogo, la maduración y el entendimiento»

La negación de la realidad, de lo obvio, es un indicio claro de desequilibrio mental. O, cuando menos, de tener un grave problema por resolver. Cuando esta circunstancia se convierte en elemento rector de una conducta, además resulta peligroso para el propio sujeto y los que le rodean.

La mayoría de quienes nos leen con amabilidad habrán presenciado una escena parecida a la que sigue: Un adulto sorprende en ‘delito flagrante’ a uno de los hijos saliendo de la cocina con cara de despistado y unos churretes de chocolate por la cara. El pequeñajo ha ido, obviamente de forma furtiva a aplacar sus ansias chocolateras hundiendo los morros en un pastel o sisando unas pocas onzas del chocolate que, en vasos de fino oro se degustaban en los banquetes de Tenochtitlán, corte azteca de Moctezuma.

Ante la evidencia, el niño es reprendido. Pero negando la realidad responde, entre descarado e inconsciente: “¿Quién? ¿Yo?” Resultado, no hay forma de razonar con ese niño y se le castiga en proporción.

El problema más profundo de negar la realidad es que hace imposible el diálogo, la maduración y el entendimiento, de la misma manera que la Física nos enseña que sin rozamiento no es posible que una bola avance sobre un plano.

No es cuestión de desterrar el hecho de que diferentes personas puedan percibir la realidad de modo diverso. En el intercambio de esas visiones, el ser humano es capaz de alcanzar la verdad, si se hace con respeto al otro y un mínimo grado de honradez intelectual.

Pero una cosa es que cada uno vea la realidad con el color del cristal con que la observa y otra muy diferente no reconocerla como es o, lo que es peor, retorcerla contra la razón y la evidencia con intención de imponerse. Eso es totalitarismo.

* Publicado en Woman Essentia